viernes, 24 de marzo de 2017

El cajón de mis recuerdos.


Voy a tener que ir al loquero, ya no aguanto más. En estas últimas semanas me viene sucediendo una cosa extraña: Sueño.

Muy natural, todo el mundo sueña. Querrás decir que recuerdas tus sueños cuando antes no lo hacías tan a menudo.

No. No es eso. Y tienes razón, me he expresado mal: Sueño... y vivo lo que sueño en una realidad aterradora, que no acaba cuando despierto. Al contrario, se complica aún más.

¿A mí me lo cuentas? ¿Acaso tú y yo no somos la misma persona?

Sí. Pero necesito la imperiosa necesidad de contárselo a alguien, y qué mejor que a ti, que soy yo mismo.

Mira por donde ahora tenemos doble personalidad.

No seas tonto, de sobra sé que hablo conmigo mismo, me ayuda a ver las cosas claras.

Bueno, pues a ello.

Mi sueño comienza siempre igual, aunque la temática es distinta cada día. Estoy sentado frente al televisor, vivo lo que veo de tal manera, que parece estuviera dentro de de él. Yo me digo, que solo sueño con esa playa donde las olas mueren mansamente en la orilla. Apenas una pequeña cinta de espuma las orla, y en el reflujo de la marea, va dejando charcos, y una arena húmeda de color más oscuro, más marrón que el resto donde no llega el agua, y que parece refulgir por efecto del sol. Aquí y allá, en esos charcos, aparece un minúsculo orificio por donde sale una pequeña burbuja que estalla. Se podría pensar, que es el gas atrapado que pugna por salir a la superficie. Posiblemente, pero hay más y sé muy bien de qué se trata. Recuerdo que cuando era un chiquillo, llevaba un puñado de sal en la mano. Allí donde había un agujero, echaba un poco y esperaba a que la navaja asomase a la superficie para cogerla. A veces, el rico molusco deja asomar nada más que su músculo, pero otras, con un ansia desmesurada, emerge a toda velocidad enseñando sus frágiles valvas de un marrón listado, en tonos rojizos a veces, otras de blanco nacarado.

La playa es muy larga, está desierta a finales de este marzo soleado. Por la derecha, los cantos rodados flanquean un pequeño riachuelo que allí desemboca. Alguien ha plantado siete palos en círculo, uno más grueso en el centro, sobre el que ha ido apilando piedras pequeñas sobre grandes. Por el número de estacas, llego a pensar en algo cabalístico, o sencillamente, que es una especie de escultura de un padre con su hijo. Lanzo la imaginación al vuelo: Quizá sea el altar sobre el que se hicieron ofrendas, recitaron mantras y entonaron cánticos, como en ese rito al estilo de la Puja budista, para eliminar las energías negativas. Solo faltan las banderolas de oración que dan ese colorido excepcional al Himalaya, donde los sherpas no suben sin realizar la ceremonia. No me resisto a colocar una piedra más, cual si esa fuera mi plegaria.
Recorro esa playa en toda su longitud y voy encontrando varadas en la arena cosas inservibles que la gente arroja convirtiéndola en un basurero: Botellas de plástico y cristal, la tapa de un inodoro, botes de refresco, tampones higiénicos usados.... Supongo que todo desaparecerá con la llegada del buen tiempo.

Mi sueño acaba sin ninguna incidencia, solamente una paz gratificante parece embargar mi alma. Pero cuando me levanto por la mañana y me preparo el café, encuentro aquella pequeña concha de vieira que en mi sueño recogí de la arena. Eso me deja aturdido. Trato de recordar cuándo y dónde la encontré en tiempos pretéritos, pero no es posible. Ayer mismo no estaba donde está, ni tengo noción de haberla tenido nunca.

Te contaré otro de los sueños de esta etapa, que finalizaron bien. Nuevamente estoy ante el televisor, y me adentro en él viviendo algo de singular belleza. A bordo de un barco turístico que quiere semejar un sampán, solo por su línea y sus velas, pues me parece por comparación demasiado confortable en su interior, visitamos la bahía de Ha-Long. Navegamos entre los islotes que los dragones de la leyenda escupieron, para formar una barrera defensiva contra los invasores chinos, en su intento de asentarse en aquellas tierras.
El atardecer es grandioso, el sol va hacia su ocaso dejando reflejos de oro sobre la superficie de un mar, completamente en calma. Unas traviesas nubes tratan de ocultarlo. Forman entonces el fondo bellísimo de un cuadro: el claroscuro de sí mismas, el más negro de los islotes, y el rojizo de ese sol que parece pugnar por sobrevivir.
Nunca he estado en Vietnam, y tal vez, viendo ese reportaje en la televisión, quedó grabado en mi mente cual si de verdad se tratara. Es posible que así fuera. Más, entonces, ¿de dónde han salido esos autorretratos a bordo de la nave, y que he encontrado en el mismo lugar donde estaba la concha? ¿Y quién es esa mujer que me acompaña? Grandes misterios de irresoluble solución.

La cosa se fue poniendo peor. Un día, me vi inmerso en el bombardeo de una ciudad que tiempo atrás fuera cosmopolita. Los proyectiles de cañones y morteros, hacían boquetes en las paredes de los edificios, mientras que los lanzados por la aviación, los reventaban cual sandía golpeada con un mazo. Cascotes, polvo, gritos y aturdimiento. Yo trabajaba como voluntario llevando heridos en una ambulancia. Cansado de tanto horror y sufrimiento, tome una determinación.
No me preguntes cómo, los sueños son así, pero allí estaba yo, en el Palacio Presidencial y con un documento de embajador plenipotenciario de un país aliado. Debía entregar una carta y un presente enviado al dictador, del que siempre he dicho tiene cara de pito. 
Puedo llegar a comprender, que en algún momento, en algunos países, se necesite un dictador que de estabilidad y prosperidad a sus gentes. Que acabe con los desórdenes, las hambrunas y la incultura. Lo que no comprendo es que las dictaduras, al igual que los reinados, se puedan perpetuar y trasmitir de padres a hijos. Ya pasaron esas épocas. Es así, que cerriles, la mayoría de esos dictadores acaban llevando al pueblo a peores situaciones. 

Es por ello que allí estaba yo, convertido en un fanático más. Tratando de acabar con las muertes de una guerra civil y la dispersión de sus habitantes, tal vez a costa de mi vida, y  la de un semejante.

El presente era una carabina bellamente adornada. Dos cajas de cartuchos; rojos los que concentraban el tiro, muy propios para animales de gran porte. La otra con cartuchos verdes, de apertura más dispersa, para caza menor. En ambas cajas había algunos trucados, con la pretensión de que al percutir uno de ellos, la poderosa carga fuera tan potente, que el arma reventara matando a su portador.

A fecha de hoy, no parece que el rifle haya sido disparado. El dictador continúa vivo, no hay noticia de ningún percance, yo tengo la muestra de los cartuchos sobre la repisa encima del televisor. Jamás he tenido contacto con un arma de fuego, ni he salido de mi país. La cosa no deja de ser sumamente inquietante. Es muy posible que alguien se haya apercibido del caramelo envenenado que dejé, que se descubriera el pastel, en una comunicación habida entre los dos mandatarios, como agradecimiento del presente recibido. De ser así, seguro que estarán buscando a aquel falso dignatario que hizo la entrega.  
Pero lo más inquietante, no es que lleguen a descubrirme y acabe muerto en cualquier cuneta. Lo es, el que ahora creo lo vivido en mis sueños. Y eso me acojona hasta el punto en que he regalado el televisor, y tengo la alarma del despertador programada para que toque cada media hora. Durmiendo a ratos, quizá deje de soñar.

 He desistido de ir al loquero. ¿Me comprendes, verdad?

Si, temes que por ese cabo lleguen al ovillo. ¡Para qué dar un cuarto al pregonero!

Exactamente. Además, con el remedio que me he dado, parece que la cosa funciona. Otra cosa es... ¿Qué hago con el cajón donde guardo tantos recuerdos?



miércoles, 22 de marzo de 2017

Matar es fácil: Triste realidad.



Para matar solamente hay que tener tres cosas: Motivo, arma, y oportunidad.

En ocasiones sobra el arma, con tener dos manos es suficiente. Un buen golpe con el canto de la mano en el cogote, y listo. Así se mataban antiguamente los conejos, y pienso que aún se hace.

Los motivos siempre están ahí. Más o menos ocultos, siempre hay un motivo. Por mucho que se diga "nadie sabe porqué lo mató", esta aseveración es gratuita. ¿Quién está en la mente del asesino? Desde el menosprecio al rencor, desde el interés a la propia defensa, desde los celos hasta la orden al verdugo, desde el placer al odio.

La oportunidad solamente es necesaria en ocasiones. El que planea un crimen, buscará la oportunidad, el que menospreciando la vida de los demás, mata, le es bueno cualquier momento, lugar y situación.

Si nadie matara, la pena de muerte es muy posible que no existiera. Aunque pensándolo bien, algunos siempre encontrarán motivos para privar de la vida, con la Ley en la mano.

A veces pensamos que nadie merece la muerte, otras por el contrario, que una sola muerte no es suficiente para pagar por lo que hizo. Controvertido parece el tema, pero no lo es en absoluto: Nadie, por cualquier motivo o razón, tiene derecho a quitar una vida.

Y sin embargo, asistimos cada día más o menos impasibles a la muerte de cientos de personas. A fuerza de ver ahogados que huyen de morir por el hambre o la guerra, se nos va formando un callo en el alma. Un callo que impermeabiliza, que hace resbalar el cargo de conciencia que un día pudimos tener. Con demasiada frecuencia, no queremos conocer esas noticias, apagamos la radio o cambiamos el canal del televisor. Estamos perdiendo la conciencia, alejándonos cada vez más, de una realidad que nos circunda.


sábado, 18 de marzo de 2017

El Blanco, el Oscuro y el Invicto.


Hubo no hace mucho tiempo, ¡qué son quinientos años para este viejo mundo! una mujer que fue tres veces reina en razón de sus matrimonios. Las tres veces enviudó, no sin dar a cada uno de los reyes un hijo, que a su vez fueron reyes de aquellos sus minúsculos reinos, cada uno al lado de los otros cual hoja de trébol.

El primero de sus hijos, era valiente, aguerrido y de buen porte, más demasiado crédulo. Lo llamaron Cándido, que significa Blanco. El segundo de ellos, era indolente, haragán, de verbo fácil, pero ambicioso. Lo llamaron Bruno (Oscuro). El tercero y más pequeño, era como su madre, menudo, listo y vivaracho, pero demasiado inteligente. Lo llamaron Aniceto (Invicto)

Los "pero", indican la parte negativa de todos ellos. Posiblemente, el ser crédulo, ambicioso o inteligente, no parezca peyorativo, todo depende del modo en que esas palabras, traducidas a hechos sean empleadas. Así, el rey crédulo, rayano en la estulticia, creerá las patrañas de sus consejeros y puede que le lleven a una guerra que solo unos pocos desean. No es malo tener ambiciones en la vida, lo malo es que esa ambición lleve al rey a desear lo que no le pertenece y para conseguirlo comience una guerra. En cuanto a la inteligencia, tampoco es mala en sí, solamente lo es, cuando se emplea para aniquilar al ambicioso y al crédulo.

Dicho lo dicho, a nadie extraña a estas alturas, que los tres hermanos se enzarzaran en una guerra fratricida por conseguir cada cual, lo que por derecho de herencia correspondía a los otros.

Todo comenzó, cuando el ambicioso maquinó un plan para hacerse con el reino del crédulo.
- Hermano, creo que Aniceto está preparando algo en nuestra contra. Ya sabes que nunca se sabe lo que maquina, y ha llegado a mis oídos que está reclutando un ejército.

- Será por culpa esos vecinos tan belicosos que tiene. Querrá darles un escarmiento.

- Si así fuera, ¿no crees que nos pediría ayuda?

- Ya, un poco extraño parece.

- Podíamos nosotros adelantarnos a sus planes. Hostigarlo un poco, tomar algunas plazas, quemar algunas cosechas y ver cómo reacciona.

- ¿Y no sería mejor hablar con él primero?

- ¿Acaso ha hablado él con nosotros? ¡No!  No podemos perder el factor sorpresa que tanto puede beneficiarnos.

Y Cándido cedió de buen grado a las pretensiones de su hermanastro, dada su naturaleza belicosa y en contra de lo que su consejero le recomendara.
Tranquilamente, las mesnadas de los dos reyes, se acercaron a un pueblo en el reino de Aniceto. Avisado el alcaide, de la presencia de hombres armados en la lejanía, salió con dos de sus soldados por ver a qué se debía tal movimiento. Al reconocer a los hermanastros de su rey, se tranquilizó un tanto, más su estupor fue grande cuando fue apresado, encadenado y encerrado en una de las mazmorras de la torre. Así cayó la villa en su poder, sin una gota de sangre, ni un cruce de espadas.

Cándido y Bruno arramblaron con todo cuanto de valor había, dejando al alcaide encerrado, y una guarnición formada por algunos de sus hombres para proseguir en el avance. Ni que decir tiene, que los pocos soldados de la villa se pasaron al otro bando. Ya se sabe; A rey muerto, rey puesto, aunque Aniceto aún podría dar mucha guerra.

Otras dos villas no demasiado lejanas, corrieron la misma suerte, colocando los hermanos sus pendones en lo más alto, como señal de pertenencia.
Estando la Corte de Aniceto lejos, no se enteraba de lo que en su reino sucedía, pues Bruno y Cándido no dejaban salir de los pueblos invadidos más que al vulgo a realizar sus labores en el campo.

Deseoso Cándido de participar en alguna batalla, propuso a Bruno atacar algo de mayor entidad, como la ciudad de Salsipuedes, donde había un buen castillo y su guarnición. Salsipuedes, que había quedado atrás por ser presa grande en un inicio en el que los dos ejércitos necesitaban conjuntarse bien, representaba ahora un peligro.

- Hermano, estoy cansado, padezco de melancolía, echo de menos mi cama y algunas otras cosas. Ve tú si tanto empeño tienes y no puedes esperar un par de días. Llévate algunos de mis caballeros y peones, pero prepara el plan con tiento no vayas a salir escaldado.
Cándido, temblando de gozo cual chiquillo con cosquillas, llamó a su capitán para comunicarle la decisión que había tomado; Vamos a la conquista de Salsipuedes, envía un espía para saber cuántos hombres la defienden, las puertas más accesibles y... todas esas zarandajas.

Un hombre a caballo ha llegado a la ciudad. Entra por la puerta del Alcázar donde dos soldados apoyados en sus alabardas, observan a aquellos que por razón de las mercancías que entran, deben de pagar el pontazgo. El hombre pregunta a uno de ellos por la residencia del alcaide al que ha de entregar en mano una carta, y por las estrechas callejuelas se dirige al lugar indicado.

Al día siguiente, Cándido sabe todo lo necesario para entrar en la ciudad. Es ésta un recinto amurallado, sobre un cerro que cobija una torre adosada al lienzo sur poco más alta que las almenas, la iglesia del monasterio, un par de casas señoriales, el mercado y las viviendas o comercios de sus moradores. Solamente dos puertas de acceso; La de la Carne, que mira al oeste y de pronunciada pendiente, así llamada por ser por donde entra el ganado para consumo, y la principal o del Alcázar en el lado contrario. El espía no ha visto más tropa que un par de docenas de soldados, los que están en las puertas, los de la torre y el palacio del alcaide gobernador, y algunos en las almenas.

El capitán del rey, entiende que hay dos problemas: por la puerta oeste es necesario entrar a caballo, a pie quedarían sin resuello; Prolongada pendiente y paso estrecho fácilmente defendible al tener que pasar los caballeros uno a uno. Por la puerta del este, el puente sobre el río que casi circunda el conjunto, es un cuello de botella; a ambos lados hay sendas plazoletas. Imposible el factor sorpresa por lo despejado del terreno. Una vez cerrada la puerta poco se puede hacer. Los atacantes se van a ver en un compromiso; los de atrás no pueden pasar y hacen tapón, mientras que los primeros, aunque llevasen un ariete, están a tiro de ballesta sin sitio donde revolverse y con la imposibilidad de volver grupas. Muy complicado acceder por los lados; por el sur hay que atravesar el río, trepar por los riscos y escalar la muralla. En el lado norte, aunque no existe río, lo escarpado de la pendiente lo hace imposible.

Cavila Cándido hasta lograr la solución, aunque el capitán tiene sus dudas.

Es noche cerrada y oscura. Se oye una voz:
-  Las dos de la madrugada han dado y alerta está el soldado. ¡Alerta el uno!
Otras voces  van contestando: ¡Alerta el dos! ¡Alerta el tres! y así se van corriendo la voz hasta que todo vuelve a quedar en silencio.

La tropa del rey, ha ido cruzando el puente de uno en uno, agachados, arrimados a los pretiles y sin meter ruido. Luego pegados a las paredes, esperan que con las claras se abra la puerta. Ese será el momento en que cual torrente impetuoso, entren a saco.

El capitán le ha pedido al rey que se quede en el rellano al otro lado del puente, hasta que consigan entrada franca. Pero Cándido, temiendo quedarse una vez más sin su combate, prefiere entrar a pie con los primeros. Ya le llevarán luego su caballo.

El sol de principios de verano, aparece radiante casi de sopetón sin que monte alguno se lo impida. Las piedras reverberan por su efecto, y ya se oyen al otro lado del portón las maniobras de apertura. Todos se aprestan para irrumpir raudos, mientras al otro lado del puente, entre las encinas que conforman un bosquecillo, el resto de la tropa espera camuflada a caballo.

Más la sorpresa es grande. La puerta no se abre, y las almenas se cuajan de ballesteros que asaetean sin piedad a los frustrados asaltantes. Sesenta hombres caen abatidos, heridos los unos, muertos los otros. Entre ellos el rey, que tampoco esta vez logró su ansiado combate.

Bruno, ha abandonado su lugar de descanso, y siguiendo en pos de su hermano, ha rodeado el bosquecillo y a apresado al resto del ejército de Cándido, que sin ánimos de lucha por no poder ayudar a su rey, se van a rendir a los que hasta ayer fueran sus aliados.
¡Traición! Exclaman algunos. Y buena razón llevaban. Bruno fue el que envió el emisario a la ciudad para advertir del ataque. El alcaide ha preparado su plan: manda un correo a Aniceto, que presto ha tomado su gente, y a marchas forzadas, pasa por los pueblos conquistados, ve los pendones de sus hermanos, libera, pregunta y llega para rodear a su vez a Bruno.

Bruno se encuentra ahora entre dos fuegos, los soldados de Cándido que retoman sus armas y van contra el traidor, tratando con ello de conseguir el perdón de Aniceto, y el rey Invicto. La superioridad numérica apabulla al indolente y oscuro Bruno, que arroja sus armas hincando la rodilla en tierra, en demanda del perdón.

Bruno ha entrado en la ciudad atado a la cola del caballo de Aniceto. Por mucho que ha tratado de disfrazar el asunto, y queriendo hacer valer la carta que envió avisando del ataque, de nada le ha servido. Ha sido juzgado y condenado. Penderá de una soga, mientras su hermanastro, despectivo, le lanza un ¡Ahora sal si puedes!

La suerte es la suerte, y el destino no se cambia así como así. El listo, no tuvo necesidad de demostrar que lo era, por lo que nos quedamos con las ganas de saberlo. Es cierto, que al menos en aquella ocasión, salió Invicto del trance.

Al Oscuro personaje, más le hubiera valido seguir siendo el indolente que decían era, en vez de pasarse de listo. En su mente estaba entrar en Salsipuedes con la muerte de su hermano como salvoconducto, y hacerse con la ciudad una vez dentro. Dos reinos en la mano y medio de otro. ¡Demasiada ambición y justo castigo!

El mirlo Blanco, es una rara excepción que se da en la naturaleza. El nuestro, el del cuento, no era mirlo, era excepcionalmente tonto como para dejarse embaucar, solo por demostrar su valía en la lucha. 


domingo, 12 de marzo de 2017

En esos tiempos...


Hubo un tiempo, en el que vivir en cuevas, entender de hierbas, y hongos, hacer pócimas y elixires, era sumamente peligroso. Sobre todo para las mujeres. Los hombres, aunque hicieran las mismas cosas, se refugiaban en un diploma, falsificado en muchos casos, que casi les exoneraba de cualquier acusación. Así, ya fuera cirujano, sacamuelas o barbero, podía trepanar, extirpar y recetar. Por contra, ellas podían ser acusadas de brujería, simplemente por fabricar un filtro de amor de muy dudosa efectividad.
En ese tiempo, la inmensa mayoría de la población era analfabeta, y pocos en los numerosos pueblos desperdigados por la geografía, se atrevían a poner en duda tal documento. Los niños del campesinado y de urbes de escasa densidad, debían de contribuir al sustento de la familia, razón por la que no podían acceder a una cultura escrita, monopolizada por clérigos, nobles o burgueses de alto rango. Era la tradición oral lo que primaba, calando en aquel caldo de cultivo las enseñanzas del clero.
Sin embargo, a menudo, las gentes acudían a la magia blanca de las brujas para ahuyentar la mala suerte, el mal de ojo, mejorar las cosechas, sanar las enfermedades o prevenir el futuro por medio de la adivinación.
La bruja, utiliza hierbas, ungüentos, filtros y alucinógenos produciendo la sugestión necesaria para hacerse imprescindible y conseguir su propio sustento. Para los filtros de amor, utilizaba, como afrodisíaco el Beleño. También la Belladona, pues la infusión de sus hojas servía desde antiguo para blanquear el cutis de las mujeres, y el jugo de su fruto aplicado en los ojos, producía la dilatación de las pupilas realzando su hermosura. La Mandrágora, poderoso narcótico, se usaba con fines curativos, o el Estramonio y el Floripondio, que pudiendo llegar a causar la muerte, eran de uso habitual.
Tal vez las brujas se propasaron tentadas por peticiones que se salían de lo corriente, dando paso a la magia negra que pretendidamente causaba el infortunio. Necesitaban para ello además del conocimiento de sus hierbas y potingues, de ritos con los que dominar a las crédulas personas. Esos ritos implicaban la invocación del lado oscuro, con lo que se apartaban de la religión y que fue perseguida por la iglesia como herejía.

Desde niña, Angélica - Tabita para los de casa - ya iba con su abuela Priscila al bosque donde escogían las plantas que se necesitaban para fabricar pócimas y ungüentos.

- Mira Tabita, esta planta se llama malvavisco. Podemos utilizar las hojas para preparar emplastos contra las picaduras de los insectos, o tisanas para las flemas de la tos, para lavar las quemaduras y otras muchas cosas, pero lo mejor es la raíz que hay que recoger a finales de otoño.
- Esta otra es la caléndula. Las flores sirven para tratar los dolores y desarreglos de la menstruación.

Y así iban recogiendo de aquí y allá para luego preparar en casa aquellos tarros con diferentes potingues, o colgar de una viga en el desván los ramos que debían ser curados.
La niña ha ido creciendo y aprendiendo de Priscila en ese arte que sirve de remedio a propios y extraños. Entre ambas existe una comunicación que va más allá del trato familiar; Llevan en sus cabezas la farmacopea necesaria para la asistencia en partos difíciles, las pulmonías, cólicos, torceduras o heridas, y que prodigan a los necesitados de ellas.
Pero pronto se establecerá una rivalidad con el hombre que ha llegado al pueblo: El médico.

Alonso de Contreras nació en 1550. Con 16 años se incorpora al tercio viejo de Sicilia como soldado, que en 1571 participa en la batalla de Lepanto contra el Imperio Otomano. Ya había estado en campañas contra los turcos como también las hiciera en Flandes y en la guerra con Portugal. Su última batalla la dio contra los ingleses en 1588 a bordo de una de las naves de la Grande y Felicísima Armada.
Con 38 años, cansado, da por finalizada su carrera en la milicia, sin sufrir heridas de consideración a pesar de haberse batido siempre en primera línea, siendo merecedor de los galones de sargento.
De regreso a su tierra, con la bolsa medio vacía, en peores se había visto, ya que estuvo tres años sin cobrar la paga por una de las bancarrotas del Imperio, se detiene una noche en un figón para reponer fuerzas. A la salida, cuatro hombres le cercan, y a la orden de la bolsa o la vida, responde sacando su acero.
La superioridad numérica no lo amilana, y a destreza, no le ganan aquellos galfarros con sus espadones. Estocadas van y vienen, hiere a uno de ellos que besa el suelo, a poco, otro más se retira con un agujero en el hombro, pero Alonso siente un resquemor en su mano izquierda. La sacude varias veces, sin darse cuenta de que ha perdido parte del pulgar. Ante el alboroto producido, salen curiosos los del figón, mientras que por la estrecha y empinada calle, se oyen ya a los alguaciles correr.

¡Qué extraña es la vida! Durante casi 23 años, ha participado en numerosas batallas, también en reyertas, incluso en algún duelo, y jamás tuvo una herida digna de mención. Es cierto que tiene cicatrices, que sus huesos están resentidos y algunos fueron rotos, pero hasta ahora nada le faltaba.
Contreras ha perdido la primera falange, y un poco más que el médico ha tenido que rebanar para cerrar sobre él la piel. Le va a quedar el juego y un pequeño muñón, que apreciará con el tiempo más de lo que ahora piensa.

Resuelto el asunto, con la mano vendada, y unas indicaciones de lo que debe hacer con ella, se encamina a la casa de sus mayores. Más en el camino, en el dorso de su mano herida aprecia una mancha parduzca y dura, ha perdido sensibilidad y algo de movimiento.

Cuando llega, desoyendo los consejos de su madre que le encamina a casa de Priscila, va ver al médico. Es este de trato un tanto altanero, orgulloso de la sapiencia que cree poseer, y que parece no estar valorada dada la escasa clientela. Sin duda el recién llegado es alguien que viene de rebote, alguien al que la bruja no ha sabido curar.
El galeno mira la mano. La herida ya casi está cicatrizada, pero aquella mancha... Coge una aguja y pincha. Alonso apenas lo nota. Pregunta si tiene alguna mancha más, Contreras dice que no. No obstante le pide que se desnude para comprobarlo y da su dictamen:
- Creo que es lepra.
A Contreras se le viene el mundo encima. Tanta miseria como ha encontrado por esos mundos, y ahora, cuando está en casa, esto.

Últimamente, Villa Serena de los Oteros, el pueblo donde nacieron Priscila, Alonso y Tabita, no hacía honor a su nombre; por fin tenían médico, había llegado Alonso tras muchos años de ausencia, recientemente nombraron nuevo alcalde y ahora anunciaban de paso para Galicia, a un dominico preclaro hombre de la Santa Inquisición. Más que serenidad, aquello era un sin vivir ante tantas novedades dignas de chismorreos. La peor de todas, la llegada del inquisidor.

El alcalde tenía que proveer aposento para tan distinguido – y temido – visitante y acompañantes; otros clérigos, una docena de soldados que en una carreta portaban diversos útiles de trabajo; potro, rueda, y una novedad, la doncella de hierro. A Dios gracias, que solamente se detendrían un par de días para descansar.

Sin embargo, las cosas se tuercen a veces, los propósitos mudan en función de las circunstancias, y estas pueden traer adversidades con las que nadie contaba. Así sucedió, que Alonso, buscando una nueva opinión, en cuanto salió de la casa del doctor, corrió a casa de la bruja como su madre le recomendara.

También el galeno le fue con el cuento al alcalde para que se anduviera con ojo, pues en el pueblo había un leproso. El alcalde, mandó a los alguaciles a casa de Alonso, con orden de que abandonara la villa antes de que acabara el mes; dieciocho días.

Priscila reconoció a Alonso a pesar de los años transcurridos, y trás muestras de afecto en recuerdo de cuando lo trajera al mundo, pasó a interesarse por lo que parecía Le preocupaba. Alonso le enseñó su mano y de inmediato llamó a su nieta, a la sazón en la veintena.

- Esta es mi nieta Angélica o Tabita como la llamamos ¿Qué te parece que puede ser esto, Tabita?

La moza tomó la mano entre las suyas, pasó la yema del dedo índice sobre la abultada mancha y preguntó:

- ¿Has tenido la mano vendada? ¿Con que te la trataron?
- Desde que me hirieron, ocho días he traído el emplasto que el cirujano me recomendó. Aquí está el ungüento que me he puesto sin duda más veces de las que me recomendó en mi afán por curarme. Lo cierto es que cuanto más me ponía, peor lo veía.

Las dos olieron el contenido del pomo, una pizca en la lengu, se miraron y comenzaron a decir la una a la otra lo que creían contenía:

- Ortiga - dice Tabita.
-  Aceite de oliva y harina de trigo para espesar -añade Priscila.
- Y tal vez acelgón - termina la otra.
- Ya, ¿pero qué es lo que tengo? No me preocupaba demasiado, pero me han metido miedo.
- Poca cosa y nada tiene que ver con la herida. Solamente se te ha endurecido la piel, suele ocurrir a las personas mayores, sobre todo en la cabeza, cara y manos. Los nervios se han atrofiado un tanto y perdido sensibilidad por un exceso del contenido del acelgón o mandrágora. ¿Verdad que te ocurre eso? Y posiblemente sientes mareos.
- Sí. ¿Se puede recuperar? ¿Estáis seguras?
- Sí. Tendrás que dejar ese ungüento y ponerte otro que te daremos. No temas, la base es inicua, lleva llantén.
- El médico de aquí me dijo que era lepra. No suelo temer por mi vida, pero si a esa enfermedad maldita.
- Puedes estar tranquilo Alonso, no es lo que te han dicho. En una semana estarás bien del todo. ¡Ah! ¡y tira ese pomo, puede matar a cualquiera que lo meta en la boca.!

La recuperación de Alonso Contreras fue casi inmediata, volvía sentir la mano y ya la flexionaba. Cosa del demonio, según don Elías, el médico, herido profundamente en su orgullo y que tenía en el alcalde su principal valedor. Ambos pertenecían a la burguesía… más o menos ilustrada.

A Elías le salió el tiro por la culata, tanto el alcalde como los alguaciles y algunos vecinos se encargaron de difundir el chisme, y ahora recuperado Alonso de lo que jamás había "tenido", se abrió una guerra descarada entre dos bandos, unos pocos a favor del médico y el resto de la bruja. Mala cosa ahora que ya llegaba su Ilustrísima el inquisidor.

Alonso empeoró la situación al pedir explicaciones a don Elías, y a punto estuvieron de llegar a las manos. El uno era de armas tomar, y exigió al médico pública rectificación del diagnóstico tratando de exonerar a Priscila. Más el otro era cerril y lenguaraz, fiando a su verborrea la resolución del litigio. Como quiera que no estaba dispuesto a pasar por tal vergüenza, amenazó a Alonso con los tribunales, y este respondió al modo en que acostumbraba: Lo retó en duelo.

Así estaban las cosas, cuando llega fray Tomás de Echenique que venía de Castilla de quemar un par de brujas, y se dirigía a Santiago de Compostela donde tenía su sede.
Por más que don Felipe el párroco, trató de convencer al inquisidor Echenique, de que la brujería no existía ni por asomo en Villa Serena, el fraile, celoso de su cometido, quiso ver indicios donde no los había. El alcalde había hablado más de la cuenta.

Aquel domingo, tras la misa y el sermón de don Felipe, el inquisidor, crucifijo en mano, se dirigió a los feligreses según costumbre. Les pidió que levantaran su mano y jurasen ayudar a Santo Oficio a perseguir la herejía y los delitos sexuales, pues delito era el ayuntamiento entre solteros y los actos contra natura.  Para que nadie tuviese duda, leyó el edicto de fe, una larga relación de las creencias y conductas heréticas, entre las que se encontraban la magia negra, el sexo con demonios, los aquelarres, las pócimas y ungüentos, blasfemias, bigamia, y la tenencia o lectura de libros prohibidos.

Esperaba el inquisidor que se presentara alguien para denunciar alguno de estos hechos, pero a pesar de las presiones recibidas, tratando de eludir el duelo, solamente el médico acudió de buen grado como acusación de dos posibles herejes. Más en cuanto vio la composición de la mesa, comenzaron a temblarle las piernas. Aunque el delator había recibido la garantía del anonimato, el miedo a que su nombre se difundiera era grande; allí estaban del pueblo; el párroco como teólogo calificador, el alcalde como jurista, y un alguacil como brazo de la ley. De los acompañantes del inquisidor, un clérigo fiscal y dos notarios.

Oída la acusación, se buscaron testigos que corroboraran la denuncia. En esos tiempos, en que mejor era ser acusador antes que acusado, los vecinos siempre unidos en penas o alegrías, comenzaron a distanciarse al ser llamados por el inquisidor.
Sibilinamente, el fiscal preguntaba si conocían algún acto reprobable y a alguien que los cometiese, y así, fueron elaborando un legajo del que se sacarían unas primeras conclusiones. Procedía llamar a testificar a los que sin saberlo fueron acusados.

La experiencia de Echenique le decía que el párroco llevaba razón, más, una vez puestos a ello, mejor salir de dudas. Interrogaría a las pretendidas brujas, y si respondían adecuadamente, daría el asunto por zanjado.

- Diga nombre, años y a lo que se dedica.
- Me llamo Priscila Rodríguez, sesenta años, soy partera y herbolaria.
- ¿Sabe el motivo por el que está aquí?
- Dado que conozco a casi todos los vecinos, supongo que requieren información de alguno de ellos.
- ¿Tiene algún estudio para desempeñar su cometido?
- Lo que sé, lo aprendí de mi madre que en la Gloria del Señor esté.
- ¿Cuántos niños ha ayudado a venir al mundo?
- Posiblemente más de quinientos.
- ¿Se le murió alguno?
- A mí no. Pero sí quiere decir si murió alguno en el parto, sí. Hay partos complicados donde muere el neonato, otros en que muere la madre, y algunos en que ambos fallecen. El Señor da, el Señor quita. Sus designios son inescrutables.
- ¿Fabrica pócimas y ungüentos?
- Sí.
- ¿Con qué fin?
- Con el fin de tratar de sanar al que lo necesita.
- ¿Y ha muerto alguien como consecuencia del tratamiento?
- Todos hemos de morir un día, los remedios solo son paliativos. Cada cual tiene su día y su hora.
- ¿Está casada?
- Soy viuda desde hace diez años.
- ¿Cobra por sus pócimas?
- No. Jamás he admitido una moneda. Es cierto que me pagan con su amistad, algún que otro capón, conejo o similar. El pueblo llano es pobre.
- ¿Es religiosa?
- Como cualquier otra persona. Acudo a misa los domingos y fiestas de guardar, comulgo al menos una vez al año, pago mis diezmos y guardo la vigilia. Bien lo sabe don Felipe que es mi confesor.
-¿Es cristiana nueva?
- No. Soy cristiana vieja como lo fue mi familia por ambas partes.
- ¿Qué opina de los actos carnales?
- Monseñor, creo firmemente que el cuerpo es un templo mayor que las iglesias y las catedrales, pues estas las hacen los hombres para gloria de Dios. Sin embargo, el cuerpo es Dios quien nos lo ha dado, por ello hay que tratarlo según las reglas que él nos dio; Creced y multiplicaos, simplemente. Tampoco se debe mortificar de la forma en que algunos lo hacen.
- ¿A quién se refiere?
- A usted monseñor. Por su manera de andar, intuyo que o bien padece de espalda y caderas, o lleva un cilicio que le aprieta en demasía.
- ¿Acaso es adivina?
- No. simplemente observadora. Ni adivino lo que está por venir, ni convoco a los espíritus, ni a las fuerzas del mal.
- ¿Cree que está aquí como acusada?
- Tal parece por la deriva que va tomando el interrogatorio.
- ¿Y quién cree que la pudo acusar?
- No lo sé, ya le dije que no soy adivina. No creo que nadie del pueblo pueda hacer tal.
- ¿Qué posesiones tiene?
- La casa donde vivo con mi hijo, su mujer y mi nieta. La heredé de mis mayores como mi padre la había heredado de los suyos. Mi padre, que fuera uno de los hombres que acompañaron a Magallanes y Juan Sebastián Elcano en su circunnavegación alrededor del mundo, la arregló con las soldadas adeudadas, y a una compensación por tal hazaña.
- ¿Hay rencillas entre usted y el médico?
- No por mi parte, apenas le conozco. Yo no trato de competir con él, simplemente atiendo a quien llama a mi puerta. Cada cual en su casa y Dios en la de todos.
- ¿Como se llama su nieta?
- Angélica.
- ¿También ejerce de partera?
- Sí. Ella será si Dios lo quiere, mi sucesora.
- ¿Y también ejerce como bruja?
- Monseñor, bruja es quien se dedica a la brujería. Es sabido que el pueblo, falto de cultura, se asombra por poca cosa, tiene recelos sobre lo que desconoce, y fía en la tradición, aunque algunas veces se equivoca. Llama bruja a quien hace algo que ellos no comprenden, sin darse cuenta de que mide por el mismo rasero, a quien remedia, y a quien utiliza poderes mágicos otorgados por el diablo. Nosotras simplemente tratamos de curar por medios naturales.
- ¿Qué medios?
- Con ayuda de hierbas.
- ¿Y no hacen eso las brujas?
- Yo no sé qué es lo que hacen las brujas. Un cocinero, las mujeres en casa o en la fonda, emplean, empleamos para nuestros condimentos, ajo, laurel, tomillo o azafrán entre otras muchas hierbas. ¿Se ha de considerar eso como brujería? Usted es fraile, mejor que yo sabe que en los conventos se hacen bebidas espirituosas a base de frutos o cereales, que se escriben y adornan libros con el jugo de plantas y minerales, ¿es eso pecado? Si restañar una herida o curar una pulmonía a base de hierbas medicinales, se considera algo malo, ¿por qué se les permite a los médicos, utilizar los ungüentos y pócimas que hace el boticario?
- Usted responda y no haga preguntas. ¿No llaman a su nieta Tabita?
- Sí.
- ¿Tabita es nombre judío?
- Arameo, la lengua que nuestro Señor Jesucristo hablaba. Significa gacela, la empecé a llamar así por su agilidad y largas piernas.
- ¿Donde guarda las recetas de sus preparados?
- En la memoria. Aunque se leer, siempre he escrito tan mal, que luego era incapaz de leerlo.
- ¿Tiene libros en casa?
- Solamente la santa Biblia.

Ahora era el turno de Angélica. Echenique, tratando de pasar desapercibido, estaba recostado en un sillón en una de las esquinas de la sala. La vio entrar decidida, sin pizca de temor, espigada ella, un tanto arrebolada, color que parecía natural. Se quedó de pie frente a la mesa, mirando a sus componentes con curiosidad pero sin descaro.

- Diga nombre, años y a lo que se dedica.
- Me llamo Angélica Núñez Rodríguez, cumpliré veinte en septiembre si Dios lo quiere, ayudo a mi abuela Priscila en los partos y la herboristería.
- ¿Tiene algún conocimiento para desempeñar su cometido?
- Lo que he aprendido de mi abuela.
- ¿No ha estudiado o leído libros?
- No hay libros en mi casa, no los podríamos costear y quizá ni entenderlos. Todo se hace según la tradición y lo que la experiencia nos dicta.
- ¿Quiere decir que experimentan con las personas?
- No. No quiero decir eso. Todos los remedios aplicados son fórmulas aprendidas de memoria, que ya desde la antigüedad se vienen empleando. Es cierto que no a todos les sientan por igual, entonces se corrige esa fórmula.
- ¿Es eso lo que sucedió con el soldado?
- Efectivamente, monseñor. A Contreras se le inflamó la mano como consecuencia del golpe recibido y de la cirugía. El médico, le dio un remedio eficaz, pero con una dosis excesiva de uno de los componentes. Eso, y la mano prieta por el vendaje durante ese tiempo, produjo un agarrotamiento de los nervios y cierta insensibilidad. También tuvo una reacción benigna de la piel, que se confundió con una lepra en estado primario. Sin embargo, la lepra comienza por una mancha blancuzca y no marrón.
- ¿Soltera, o casada?
- Soltera.
- ¿Ha tenido contactos íntimos?
- Si me está preguntando si conservo mi virginidad, sí, la conservo.
- ¿Se atrevería a demostrarlo?
- ¿Acaso está poniendo en duda lo que digo?

Al Inquisidor le hubiese gustado ver aquel cuerpo desnudo, sobre la rueda o sobre el potro; piernas y brazos abiertos en aspa, los pechos enhiestos al cielo, el velludo y abultado pubis invitando a lo que él deseaba. Luego la liberación y el eterno agradecimiento. Echenique se respingó al darse cuenta de sus malos pensamientos y pidió excusas para salir un momento. Se fue a su aposento, se levantó el hábito, y apretó dos agujeros más el cilicio.

- ¿Cree que las brujas vuelan montadas en palos o escobas?
- No tengo motivos ni a favor ni en contra, jamás he visto una bruja.
- Entonces, ¿nada sabe de aquelarres?
- Monseñor, aquí celebramos la fiesta de Nuestra Señora, también la de Santiago Apóstol y la de San Juan, son las reuniones que congregan al pueblo y donde se baila al son de la música hasta bien entrada la noche. La magia, que no la superstición,  está en la fe que a todos nos une.
- ¿Cree en el demonio?
- Así nos lo enseñan desde pequeños. El demonio no solo habita en los infiernos, también en el corazón de los hombres. Es por eso que Jesucristo expulsaba los demonios de los posesos.


Tomás de Echenique estaba cansado física y moralmente. En cuanto a su estado físico, comenzó a mejorar cuando se puso la pomada que Priscila le proporcionó. Había arrojado lejos de sí aquel cinto con clavos que mortificaba su cuerpo, y no reparaba su alma. Respecto a lo moral también. Comprendió que sus propios pecados, no le permitían juzgar con ecuanimidad a aquellas mujeres, como a tantas otras ya sin remedio. Que no eran las herejes brujas acusadas por un hombre letrado que las acusó solamente por insidia, y que pese a ser unas palurdas pueblerinas, hablaban y actuaban en la vida con el convencimiento de buenas cristianas. Por ello, expuso a la mesa lo que pensaba, y todos le dieron la razón; no había caso que juzgar.

Una cosa quedaba por dilucidar: El castigo para el delator que por pura inquina había acusado a Priscila y Angélica. Se lo llevaron preso nadie sabe a dónde, ni por cuánto tiempo.


Villa Serena de los Oteros volvió a ser el pueblo tranquilo que fue, Priscila y su nieta continuaron con su vida, y Alonso Contreras, viendo que nada tenía que hacer allí, prefirió volver al tercio a luchar de frente contra sus enemigos. Parece que jamás volvió.

domingo, 5 de marzo de 2017

El Españolito


¿Qué pueden sentir unos padres, cuando ven partir a un hijo con trece años, a "Hacer las Américas"? 
¿Qué puede sentir el hijo, al dejar toda su familia y embarcarse en esa aventura?
Tal vez por sus mentes haya pasado por un instante... “es una boca menos a alimentar”. Once hijos son muchos, y el salario escaso. Algo menos de hambre, algo menos de miseria. Pero es sólo eso, un instante. ¡Cuán lejos se va! ¿Qué será de él? ¿Volverán a verlo? ¡Es tan niño!
¿Y él? ¿Qué piensa, qué siente?
Temor ante lo desconocido, sed de aventuras, afán de ganar dinero para ayudar, pena infinita viendo a la madre llorar.

Vicente Canga Argüelles, salió de su humilde casa con la mejor ropa en un pequeño morral. Un raquítico traje y botas de suelas de cartón, una camisa, una muda, algunas monedas que con esfuerzo juntaron padres, familia y vecinos, y un pasaje para el vapor de Argentina. Va andando desde Villaviciosa a Gijón, para ahorrar los reales de la diligencia. Zapatillas de esparto, chaqueta raída, negra boina y vara en la mano para ayudarse en los caminos. Embozado en la amplia bufanda, camina en aquel frío mes de marzo de 1899.

- Buenos días, señora. ¿Podría darme un poco de agua?
- Pasa nin, pasa. ¿Dónde vas por estos vericuetos?
- Voy camino de Gijón, para embarcarme rumbo a la Argentina.
- ¿Tú solín fíu?
- Sí señora.
- ¿Cuántos años tienes rapacín? ¿Nun yes muy joven?
- Tengo catorce.
- Tendrás fame y frío, pasa, pasa y arrímate al fueu. Voy date un poco lleche con pan y mantega.
- ¿Tiene pan?
- ¿No te gusta?
- Sí, sí. Es que casi nunca lo comemos. En casa sólo entra la borona, pero pan blanco...
- Aspera un poco, que con lo flacu que tás y el camín que aún te falta... voy date un güevu fritu.
- No se moleste señora... es que soy magro de carnes.
- Yes demasiao educau rapaz y merez que fagas fortuna, pero nun  seas remilgosu que quién sabe lo que tendrás que pasar. ¿Dónde aprendiste a falar asina?
- Gracias señora. Tengo un tío que es cura párroco.
- Pues podía él ayudáte...
- Ya me ayudó, señora. Pero sobre todo en la enseñanza, para otra cosa, tampoco a él le llega.
- Vaya por Dios que tiempos. Voy dai una voz al mi paisano pa que te acerque un pocuñin na mula.
- Cislooo... Cislooo... Ven pacá que vas llevar en la mula a esti rapaz que marcha pa La Habana
¿Tan lejos te animaste a dir?, Que‚ ye, ¿qué tienes parientes allí?
- No señor. Sólo un conocido que me dará trabajo. En cuanto aprenda el oficio, me estableceré‚ por mi cuenta y llamaré a mi familia. Aquí sólo se malvive.
- ¿Lleves algo pa comer?
- Sí señora. Llevo borona, tocino y nueces.
- Voy date unos choricinos y un piazu jamón. Lleva tamien estí pan y voy metete un pocu miel en esta frasquina. Asina únteslo a la mañana pa desayunar.
- Gracias señora. Muy agradecido. Ahora, tengo que marcharme. Quede usted con Dios.
-  Que él te acompañe.

Vicente llega a finales del mes de marzo a Buenos Aires. Ha dejado atrás veintiún días de navegación. Ha acabado el pan, la borona, los chorizos, el jamón, las nueces... todo lo que llevaba y que con tanto celo ha ido tasando, pues las raciones del barco, como aquella mujer le vaticinó, eran escasas.

La Argentina vive días prósperos. La población va en aumento y la expansión industrial hace que el nivel de vida sea alto. Son tiempos peligrosos no obstante, ya que la estabilidad política ha sido hasta ahora precaria.
Vicente aprende rápidamente en el colmado donde trabaja. Reparte los mandados, despacha comestibles y aperos. Duerme en el mismo almacén y come en la trastienda. No hay sueldo, sólo la alimentación y un jergón. Esta es una situación corriente y aceptada por casi todos los que tienen la suerte de encontrarla. Alguna propina pasa a la bolsa que lleva colgada al cuello, pero va a ser ayudante del encargado y a conocer las telas. Es el puesto más codiciado. Mejor vestimenta, ya hay sueldo y pronto podrá instalarse en una pensión. Llega a ser el preferido de las señoras por su buen gusto y amabilidad. Las damiselas le miran a hurtadillas escondidas tras sus madres. El leve vello del labio superior, va dando paso a un ralo bigotillo. Se ha comprado sus primeros botines, ha cambiado la gorrilla por el sombrero, y ya nunca abandonará el flexible bastón.

Cuatro años han pasado desde que llegó, y ya es socio del dueño. El buen hombre no ha tenido más remedio que rendirse a la evidencia; era el que más y mejor vendía, el que llevaba las cuentas. Por su entusiasmo, sus maneras, su talante innovador. Antes de que fuera a establecerse por su cuenta, prefiere verle como aliado, a competidor.

Hasta aquí, todo parece coincidir con los relatos que de algunos emigrantes tenemos. Un sabor rancio y añorable se desprende de sus andares y, su existencia, nos parece casi conocida. Es similar a la de tantos otros, unos llegaron a hacer fortuna, muchos... se diluyeron entre las masas, llevaron una existencia anodina, o nunca más se supo de ellos. Vicente sentía dentro de sí una inquietud desmesurada. No se conformaba con aquella vida, ya cómoda, que llevaba. Sentía la necesidad imperiosa de conocer aquél vasto mundo donde había ido a parar. Atrás quedaron aquellos años de la infancia sin salir de su aldea, y sin tener siquiera la ocurrencia de que ello fuera a ser posible. Sin embargo, ahí está, pensando en recorrer todo el mundo que sea capaz.
Ha vendido su participación en el almacén. Ha cargado una gran carreta de infinidad de artículos con los que piensa comerciar, y se ha subido decidido al pescante, arreando sus cuatro mulas. Botas altas y flexibles que sobre el pantalón ajusta con un cordón bajo la rodilla, chaqueta amplia que deja ver en ocasiones la cartuchera de la que pende la canana y el revólver. Sombrero amplio sujetado por el barboquejo y carabina a la espalda.
Su más preciado tesoro, va en el fondo de la carreta, dos cajones, uno con munición y otro con armas cortas y largas. Lleva además algo que cree va a ser muy apreciado; cerillas y cantidad de frasquitos de potingues. Pero lo que más estima y en lo que más confía, es en su valioso cuaderno. Allí tiene anotadas infinidad de recetas recopiladas de los diarios o de las mismas clientas y que con su menuda y estilizada letra ha ido llenando día a día. Consejos médicos, de belleza, de limpieza, carpintería, cocina, conocimientos geográficos y rústicos... Ningún tema ha quedado sin tocar. Como compañero y ayudante ha contratado a otro español venido como él a hacer fortuna. Se va a convertir en uno de los muchos buhoneros que recorrieron arriba y abajo todas las américas.

De aquella Buenos Aires que ya iba asentándose como capital federal de la nación, se dirigieron hacia Rosario. Vicente tiene diecinueve años recién cumplidos y su ayudante diecisiete. Podían hacer el trayecto en barco, pero de lo que se trataba era de comerciar y conocer. Van a seguir la línea de ferrocarril que se está construyendo a Córdoba y Santa Fe. El largo trecho de trescientos kilómetros, les depararían sin duda fatigas, pero también aventuras. Más, apenas iniciado el viaje, una carta llega a sus manos. Se ve obligado a malvender todos sus artículos y aperos para regresar a España; su madre gravemente enferma lo reclama a su lado. Aunque todas sus ilusiones se ven truncadas en un momento, prepara velozmente el viaje para tratar de recoger el último aliento de la que le dio el ser. No lo consiguió y llega solamente para el entierro.

Han pasado apenas dos años y de nuevo se va a embarcar. El capital traído, ha menguado considerablemente en este tiempo de casi inactividad total y ayudando a los suyos. Ha comprado alguna tierra y una pequeña casa donde los que quedan vivirán algo más holgadamente. Apenas si ha dejado lo suficiente para el pasaje, por lo que prácticamente comienza de cero nuevamente. Pero tiene más edad y más experiencia. Esta vez su destino será Méjico para donde parte el 12 de noviembre de 1906.

El comercio de las telas que conocía, hace que no pase hambre y que vaya viviendo. Pero no es lo mismo que en la Argentina. El patrón es demasiado severo y no permite que ninguno de sus empleados intimen lo más mínimo con la buena clientela. Cuando, en más de una ocasión, una señora reclama los servicios de tal o cual, le da una disculpa y hace que otro la atienda o lo hace el personalmente. Esa política no gusta a Vicente porque ve que así nunca podrá medrar. Pide la cuenta y se va. Irá alternando trabajos y lugares hasta llegar a los Estados Unidos, y un día de 1910, trabajando en el ferrocarril en el desierto de Yuma, conoce la noticia de que Madero ha convocado al pueblo a una rebelión armada. Su afán aventurero le llama. Él, que nunca estuvo de acuerdo con los métodos represivos de Porfirio Díaz, va a tratar de unirse a la revolución. A decir verdad, no es solo el afán patriótico lo que le mueve, - solo lleva allí cuatro años - intuye que un tiempo nuevo ha de venir donde todo será mejor.

Su mejor amigo es un indio Seri de Sonora al que se conocía por Coyote Casanova y que, siguiendo la antigua tradición, practicaba la caza y la pesca con suma destreza. Este hijo de la tierra, se jactaba, aunque solo en contadas ocasiones, de ser nieto de Dolores de Casanova, hija de una familia de Guaymas que de niña fue raptada por los indios. En la refriega del rapto, el padre de Dolores, murió a manos del Coyote Iguana, y no obstante, Lola le siguió hasta la isla de Tiburón llegando a convertirse en la reina de los Seris, donde tuvieron varios hijos. Uno de ellos, fue el progenitor de Coyote, nombre de su abuelo y  apellidado Casanova en honor de su abuela. Este era el amigo de Vicente con quien iba a vivir aventuras y desventuras.
Era de estatura algo mayor a lo común de su raza, y al lado de Vicente, con su metro ochenta, parecía un gigante. Vestía una mezcolanza de ropas por las cuales no se podía adivinar a qué tribu pertenecía, y su mayor similitud era con los indios apaches. Mocasines y polainas de piel de gamo, pantalón de paño azul muy justo, con bordados a los costados y cortados por las rodillas; casaca de blanco algodón hasta medio muslo, prieta en la cintura por un fajín rojo que le daba varias vueltas y cinta del mismo color sujetando los largos, negros y fuertes cabellos. Llevaba siempre y al estilo gaucho un largo puñal con mango tallado de palo fierro y que a velocidad inusitada sacaba cuando era necesario. Lo manejaba con tal habilidad, que era capaz de acertar una naranja a veinte pasos desde cualquier posición o postura. Hombre parco en palabras dominaba el español, el nahuatl, el zapoteco y el mixteco, pues en su nómada vida, había recorrido todo el territorio mexicano y parte del estadounidense.

Su amistad con Vicente nació como consecuencia de los los cuidados que este prodigó a su mujer en circunstancias adversas para ella. La india huichol Nakaweri, llamada así en honor de los dioses de la vegetación, vivía como todos los suyos apegada a sus tradiciones, pero siguió en su nomadeo a Casanova hasta un poblado cerca de Yuma, nacido al amparo de unos almacenes del ferrocarril. Fue un largo peregrinar desde el norte de Jalisco para ir a morir en una tierra extraña víctima de la picadura de una cascabel.
Casanova había salido según su costumbre tratando cazar algo que le pudieran pagar bien en la cantina. Normalmente tardaba en volver tres o cuatro días, y en este intervalo, Nakaweri fue picada por el crótalo. Se arrastró en busca de ayuda desde su no muy lejana cabaña hasta el poblacho. Vicente la recogió, le aplicó un torniquete, sajó, chupó y escupió, pero todo fue inútil. El mal ya había progresado mucho y a pesar de las cataplasmas y los cuidados de Vicente, unas horas después de regresado el indio, murió.
Este vano esfuerzo por tratar de atajar lo inevitable, le fue pagado a Vicente en forma de amistad incondicional por parte del mestizo, que ya nunca más se separó de él. Aquél hombre adorador del sol, la luna, la tortuga y el pelícano como todos los de su tribu, y que decía que su raza era kunkaahac o raza madre, no tuvo inconveniente en seguir a alguien que carecía del linaje que él presumía tener.

En principio, y para tratar de unirse a la revolución, habrían de recorrer muchísimo camino y esto solamente en sí, ya era una aventura. Su punto de destino esperaban fuera Nuevo Laredo donde se unirían a las gentes que Madero pudiera haber reunido. Sin embargo...

Cargando con sus escasos bártulos llegaron a El Paso y de allí a Ciudad Juárez. La escasez de recursos era notoria por lo que trabajaron en todo lo que les salía; friega platos, peones, muleros... pero con lo que iban a conseguir algún dinero, fue vendiendo un elixir o tónico capaz de fortalecer y dar vigor al más decrépito de los mortales. Tres granos de peyote, un poco de tequila, azúcar de caña y algo de agua para rebajar, era la mezcla. Claro que sus efectos duraban poco tiempo y que sabedores de esto, cuando consiguieron reunir lo bastante para comprar caballos, se largaron lo más aprisa que pudieron. 
Aunque su intención inicial ya se había torcido, decidieron ir hasta Chihuahua donde un nombre comenzaba a sonar con fuerza; Francisco Villa. No llegarían allí sin que les sucediesen un par de aventuras que pudieron haber sido el colofón a tantas penalidades sufridas.

Cerca de Casas Grandes hallaron un arroyo de cristalina agua que caía por una cascada de ocho o diez metros de altura formando una pequeña laguna. La pradera formada por la humedad casi la rodeaba y el aluvión dejado por la corriente se veía cual playa dorada. Algunos álamos, capulines y tecojotes daban sombra y servían de refugio a ardillas u onzas. Era el sitio propicio para descansar unos días. Quitaron las sillas a sus monturas a las que trabaron, apilaron algo de leña para la noche y decidieron darse un buen baño. Después comieron algo de cecina de venado y se tumbaron sobre la hierba. A media tarde, Casanova preparaba una lanza para tratar de pescar algunos peces de los que abundaban, mientras Vicente preparaba la fogata. El indio lanzaba hacia la orilla el pescado con tan pasmosa facilidad, que el español no resistió la tentación de probar suerte. Cogió la azagaya y guiado por la mano del experto, falló el primer tiro, también el segundo y el tercero, pero el cuarto no fue fallo a querer; fue una desviación hacia algo que brillaba en lecho. Removió y halló. En su mano una gruesa pepita de oro lanzaba su guiño al sol del atardecer. Salieron del agua mirándola con incredulidad, hasta que plenamente convencidos de su suerte, lanzaron un ¡Jujuy Chihuahua!

Comenzaba a amanecer y Vicente ya atizaba el fuego para hacer tortitas. preso de la agitación natural en quien con toda seguridad espera hallar su placer, su dorado. Durante toda la mañana removieron todo el fondo del pequeño lago y casi no hallaron nada; seis u ocho granos no mayores que una lenteja. Estaban un tanto desilusionados. Mientras comían, Vicente pensaba, Casanova estaba intrigado viendo a su amigo con el ceño fruncido y sin mediar palabra, cuando de habitual era parlanchín. De pronto, Vicente dio un brinco y se puso en pie.

- ¡En el centro de la cascada, Coyote! ¡En el centro de la cascada!

Se lanzaron allá con los platos de hierro, arrojaron la comida y comenzaron a excavar bajo aquella ducha. Pronto entre el cascajo comenzaron a sacar una y otra pepita hasta el total de setenta. Más de dos kilos lograron en aquel día memorable, pero ya no consiguieron más. El placer se había agotado. Aunque recorrieron el río arriba y abajo de la cascada y laguna, nada más pudieron encontrar. Se dieron por sumamente satisfechos y pensaron emprender la marcha a la mañana siguiente.

Apenas habrían cabalgado un par de horas por las escarpadas pendientes, cuando se vieron rodeados por unos indios de piel muy oscura. Los dos amigos llevaron con cautela sus manos a las armas a la vez que Casanova trataba de entablar conversación con ellos.

.- Son Tarahumaras y odian al hombre blanco, mucho ojo Vicente.

Desmontaron y siempre con la mano sobre la culata de sus pistolas, les ofrecieron de la seca carne que llevaban y algo de licor. De inmediato se estableció una relación aparentemente amistosa y que a medida que transcurrían los minutos se notaba más verdadera. Les gustaron los caballos a los que acariciaban y con grandes risas les invitaron a ir hasta su poblado. No era este sino oquedades en la roca de la montaña, resguardadas las entradas de algunas de ellas por muros de adobe. Para subir o bajar solamente el tronco de un árbol con algunas entalladuras a modo de escalera. Algunos niños cuidaban de los pequeños rebaños de ovejas y cabras y alguna vaca. Poco tenían todos que compartir, pero lo hicieron. Comieron, bebieron y llegaron a la parte más importante del ritual; mostrar sus habilidades. Al son de un desafinado violín y un tambor de piel de cabra, entonaron una melopea ininteligible hasta para Casanova. El chamán tomó un poco de peyote y comenzó a aplicarlo sobre los amigos en la frente, brazos y manos y les colocó un grano bajo la lengua. Así conjuraba cualquier brujería que sobre ellos pudiese alguien verter. También les libraría del reumatismo y de otros males, y repelería las serpientes.

Sin armas de fuego, admiraban los revólveres que los dos extraños llevaban al cinto. Uno de ellos, agarró una piedra, se quitó el pañuelo que llevaba al cuello y lo utilizó como honda, acto seguido, invitó al español a que hiciese puntería con su arma en el mismo sitio. Casanova sabedor de que ambos no eran muy buenos tiradores con el revólver, clavó con una paja en un poste un trapo no mayor que una moneda de dólar. Se distanció quince pasos y dándole la espalda, se volvió tan rápido como pudo lanzando su cuchillo. La diana fue festejada por Vicente con varios disparos al aire y con un griterío de admiración por parte de los indios. Uno de los viejos quiso apostar entonces, a que su hijo era capaz de ir y volver hasta el gran desierto en diez días. La distancia era de quinientos kilómetros lo que suponía un total de mil entre la ida y la vuelta. El medio de transporte, las piernas.

Jugadores por naturaleza unos y otros apostaron; ovejas contra cabras, vacas contra caballos... todos querían participar en la fiesta. Se formaron dos equipos de diez corredores cada uno, que traerían como prueba, aquel cactus alucinógeno del color de la tierra del gran desierto. Los Rar'muri, o gentes de pies ligeros, siempre dispuestos para la prueba, no habían probado aquella especie de cerveza de maíz llamada tesguino. Algunos, tratando de mejorar su espíritu, fumaron tabaco mezclado con tortuga seca y sangre de murciélago y al día siguiente partieron dándole patadas a la bola de madera del ritual.

Durante ocho días Vicente y Casanova ayudaron en las tareas propias de la colectividad. Habían apostado sus caballos más por imperativo que por el afán de quedarse con sus miserables cabras. Cazaron, recolectaron, pastorearon y enseñaron a las mujeres la forma de hacer y de utilizar el jabón. Los parásitos desaparecieron como consecuencia de lo mucho que les llegó a gustar lavarse la cabeza unas a otras. Con ello además, aquellos groseros cabellos cortados a cuchillo, se volvieron sedosos.

Antes de cumplirse el plazo indicado, comenzaron a llegar los corredores. Increíblemente cierto fue que perdieron los caballos en la apuesta contra el viejo. Su hijo llegó de los primeros. Los que perdieron sus animales no mostraron mayor enfado; otra vez los ganarían, pero nuestros dos incautos tendrían que hacer el resto del camino a pie. Para evitar esto, Vicente llegó a un acuerdo con ellos; les comprarían los caballos. De una bolsita que llevaba al cuello y en la que previamente había introducido cinco pepitas de oro, extrajo cuatro. Se las mostró al anciano. Aunque este no quería desprenderse de los animales, cedió ante las atenciones que ellos habían tenido con toda la tribu y porque además redondearon la compra con una de las dos carabinas que tenían. La otra pepita se la entregó al chamán que queriendo corresponder les entregó bastantes provisiones para el camino.

Pronto iban a tomar contacto con la revolución. Dejaban atrás la llanura de pasto amarillento y los nopales que crecían juntos y temerosos de su soledad para comenzar a ver algún Pirúl y grupos de Magüelles de hojas gruesas y puntiagudas.
Los abejorros zumbaban en torno a las milpas que ya comenzaban a las afueras de un pueblo llamado Las Cruces, donde encuentran una avanzadilla de Pancho Villa. El jefe al mando, está sentado a una mesa en la plaza donde extiende un recibo por cada animal que se le entrega:

- "He resibido medio saco de frijoles de Antonio García. Firmado, el capitán Contreras"
- "He resibido un cochino de Manuel García. Firmado, el capitán Contreras" 

Así una larga fila de hombres van entregando lo que pueden. Son los primeros tiempos y casi todos lo dan de buen grado. Algo más allá, el orondo cacique del pueblo pende de una soga. Ya no habrá tirano en el pueblo.

Vicente y Casanova se colocan a la fila. Cuando les llega el turno, vacían el contenido de la bolsita, unos gruesos guijarros de oro caen sobre la madera y el capitán no acierta a separar de allí sus ojos. Luego, mira a los dos hombres que no han pronunciado palabra.

- ¿Quen son sus mersedes tan ricos?
- Dos hombres que desean unirse a la causa.
- ¿Y, adonde consiguieron esta maravilla?
- Lejos de aquí.
- Pues sean bienvenidos. ¡Mirar cuates, esto es lo que nos hase falta!

Y volviéndose otra vez hacia ellos...

- ¿A nombre de quen pongo el resibo?
- No hacen falta nombres ni recibos, lo que entregamos lo hacemos sin esperar a que nos sea devuelto.
- Pos han de saber ustedes, que la revolusión no quere que naide piense que no somos honrados. Por eso damos el resibo; pa devolver lo que se nos prestó. Pero también admitimos donasiones, y la suya así se toma. No ostante, le voy a dar el papel...

No sin trabajo comenzó a escribir a la par que en voz alta rubricaba lo que en el papel ponía... "He resibido oro que pesará como algo más de un cuarto del...

- Usted ¿es español?
- Sí señor, lo soy.
- Pues vale... He resibido oro que pesará como algo más de un cuarto del españolito y de su compadre el indio... ¿De qué tribu?
- Seri.
- Y del indio Seri. Firmado; el capitán Contreras.

Desde aquél día Vicente pasó a ser conocido por el españolito. El Seri Casanova, no contaba. Siempre se referían al españolito, aún a sabiendas de que los amigos jamás se separaban; que al encomendar una misión al español, a los dos se la encomendaban; que al llamarlo a él, los dos acudirían como fieles sombras el uno del otro, y el otro del uno.

La partida del capitán Contreras ha decidido levantar el campo. Ya ha recogido todo lo que ha podido, el grueso de la tropa espera el avituallamiento. Abandonan el pueblo en dirección sur. Según su costumbre, el jefe ha mandado por delante a sus exploradores; ellos evitaran el encontronazo por sorpresa con los federales. Tras casi un día de marcha, al atardecer, los vigías descubren una patrulla. Son quince de a caballo mandados por un sargento. Vicente va a oler la pólvora y el dulzón de la sangre.

El sargento sabe su oficio. Andando por aquellas trochas y vericuetos, trata de evitar lo más posible las hondonadas donde pueden ser presa fácil. Él también lleva su explorador que ha estado indagando en el llano por donde forzosamente han de pasar al subir una loma. En esa llanura de unos tres kilómetros de largo por uno de ancho, no hay  apenas vegetación y los cascos de su montura, levantan el polvo cada vez que lo pone al trote. Llega hasta otra pendiente con algunos árboles y rocas desprendidas de la cima. No ve nada anormal y decide volver grupas para comunicar que el camino está despejado. No ha hecho más que caminar unos cientos de metros, cuando en silencio los hombres de Contreras salen del bosquecillo dejando atrás carretas y caballos, suben la loma y empiezan a apostarse tras peñas y matas del otro lado. Otra veintena esperan montados para cargar una vez que la primera descarga haya abatido los más soldados posibles.

Los militares avanzan al paso en fila de a dos con el sol de frente. En vanguardia va el abanderado seguido por el sargento y la tropa. Cuando están casi a la mitad del llano, el mando vuelve a enviar al explorador en descubierta para que mire tras la loma. Parece que no las tiene todas consigo, ya que manda parar al pelotón. Quizá haya visto algún destello de un arma reflejada por aquel sol que ya empieza a ocultarse.
Contreras comprende que la distancia es insuficiente como para que los tiradores apostados sirvan en esta ocasión, y que el jinete que se acerca al trote, va a descubrir a los escondidos tras la peñas. Tiene que cambiar el plan y así lo hace; arrea su montura y es seguido por los demás. El explorador frena su carrera y da media vuelta espoleando su caballo con furor; sabe que su vida depende del rendimiento que pueda sacarle al animal. Mientras tanto el sargento ha mandado echar pie a tierra a sus hombres y tumbar los caballos para formar un parapeto. Huir no es su forma de conducta y tampoco tendría mucho sitio donde refugiarse. Espera abatir bastantes de aquel puñado de revolucionarios en una primera descarga, como así sucede, pero otro tanto ocurre con su pelotón. La arriesgada maniobra de Contreras ha dado su fruto a pesar de todo, saltan sobre el obstáculo a la vez que descargan sus revólveres y machetes, frenan y se revuelven en escasos metros para pillar por retaguardia a los soldados ya sin más escudo que su propio cuerpo.

Vicente no sabe en realidad que es lo que ha sucedido, ha cabalgado con la cabeza pegada al cuello del animal para resguardarse lo más posible del plomo que les enviaban, ha agotado su munición, posiblemente sin acertar a nadie, y menos ducho en estas lides que sus compañeros, ha continuado en su galopada. Cuando se da cuenta y quiere reincorporarse a la lucha, ya los soldados supervivientes están con los brazos en alto en señal de rendición. Contreras no quiere prisioneros; a los heridos los remata en el mismo suelo y a los ilesos manda alinear para su fusilamiento. Alguno de ellos llora al ver cercana la muerte, y trata de convencer al capitán para que le deje cambiar de bando. Vano intento. Con una mueca de desprecio Contreras vacía el cargador de su revólver sobre él a la par que grita:

- ¡Perro traidor!.. ¿Y cuanto tardarías en hasernos a nosotros lo mesmo?

El ajusticiamiento de los federales no ha sentado muy bien a Vicente. Una oleada de enojo le ha ido subiendo desde el estomago hasta la boca que se abre para emitir una protesta...

- Opino, Contreras, que no está bien pasar por las armas a unos hombres que se habían rendido. La muerte en combate nos acecha a todos desde el mismo momento en que decidimos unirnos a uno u otro bando, pero mientras que ésta puede ser gloriosa, o al menos honrosa, lo que usted ha hecho es ignominioso.

- ¿Que quere desir vuestra mersé con esa palabrita?
-  Que ha sido un asesinato.
- Mire patrón, si no está de acuerdo con nuestros métodos, se larga ahorita mesmo, y en paz... ¿Sabe que es lo que ellos hubieran hecho?...  Pos igualito que nosotros. No podemos coger prisioneros, hay que vigilarlos, darles de comer y llevarlos de un sitio para otro. Eso nos resta movilidá, no hay frijóles para todos y al menor descuido se escapan para luchar nuevamente en contra nuestra, así que si no tiene agallas para ver esto, mejor se va por donde vino.

La discusión entre los dos hombres se mantuvo durante unos minutos más, en los cuales Vicente comprendió por un lado lo arriesgado de su postura; un recién llegado enfrentándose a una filosofía establecida en la que la vida de un hombre nada significaba para la consecución de un fin, la revolución, en la que durante un periodo de diez años iban a morir más de un millón, y por otro, que Contreras tenía no una, sino muchas razones, sus razones, para actuar de aquel modo. A partir de aquella tarde Vicente y Contreras se miraban de reojo cuando en alguna acción se podía dar una situación similar, el capitán dulcificó un tanto su proceder y Vicente procuraba hacer en lo posible la vista gorda. Ninguno estaba conforme consigo mismo, por lo que a la menor oportunidad que tuvo, el españolito pidió a Villa, con quién ya se habían reunido, que le encomendase otras misiones.

Vicente y Casanova pasaron  a encargarse del armamento, y este trabajo les llevó a cruzar varias veces la frontera para la compra de armas. Tuvieron que establecer una complicada red de enlaces para saber en qué lugar habrían de hacerse las entregas, ya que la movilidad de Villa y sus Dorados hacía imposible el estar en el punto fijado de antemano con muchos días de antelación.

Por aquellos tiempos no tenían problemas con el lado americano, ya que el presidente Wilson, estaba interesado en que Villa se convirtiese en el presidente de México. Otra cosa distinta sería cuando unos años después, y tratando Villa de que los americanos luchasen contra Carranza, atacaron la ciudad de Columbus produciendo varios muertos. Wilson ordenó al general Pershing que atrapase a Villa, cosa que no logró.
Tampoco tuvieron problemas a este lado del río grande, pues los dos amigos trabajaron con la astucia suficiente como para no toparse con los soldados. Procuraban que las carretas en las que portaban los rifles y las municiones dejaran las menos huellas posibles, y siempre que pasaban cerca de un pueblo redoblaban las precauciones haciendo un barrido de las mismas. Los carros eran cuatro y quince los hombres bajo el mando de Vicente que siempre cumplió las misiones con rapidez y eficacia, por lo que Villa le tenía en gran aprecio.

Vicente entró con Doroteo Arango, más conocido por Pancho Villa, con sus caballos y soldaderas en la ciudad de México en diciembre del 14, y  allí estaba cuando este se sentó en la silla presidencial del Palacio Nacional. En las calles se mezclaron con los zapatistas venidos de las montañas. Todos cantaban reían y lanzaban disparos al aire. Se comía en los puestos ambulantes donde vendían tamales, enchiladas, nopalitos, tripitas de carnero, chicharrones de puerco, elotes cocidos, tacos de carnitas, mole de guajolote, frijolitos con chile, arroz con carne, atole con bolillo o dulce cocal. Pero el tiempo fue pasando y un mes es mucho para permanecer ocioso; hubo muertos en peleas callejeras y abusos de todas clases y no era raro ver atravesados en la banqueta de las pulquerías los que dormían la borrachera. Cuando cansados y sin saber que hacer, los dos jefes guerrilleros decidieron volver a sus tierras, Vicente y el indio optaron por  quedarse en la ciudad. A sus espaldas quedaban batallas como las de Ciudad Juárez, innumerables refriegas y servicios a la causa. Vicente tiene ya treinta y ocho años, está cansado, con los bolsillos vacíos y no ve que el futuro pueda mejorar tanto como él había soñado.

Muy cerca del Zócalo hay una tiendecita de telas que está en venta. El dueño ha muerto y su mujer quiere con sus chamacos retornar a su pueblo de origen. Con el aval de Villa consiguen un préstamo para comenzar, ya que del oro gastado y que la causa les habría de reintegrar, nadie se acordó, ni ellos lo reclamaron.

Trabajaron duro y lograron clientela fija como para poder pagar a un dependiente que atendiera el negocio. Mientras Vicente y Casanova se dedicaban a recorrer los barrios de la metrópoli en venta ambulante y a visitar las fábricas de hilados y tejidos donde abastecerse. Vendían al fiado y nunca tuvieron que arrepentirse. Una vez al mes pasaban a cobrar y siempre hacían nuevos amigos como el españolito decía, que les otorgaban su amistad y más encargos.

El dinero entra en la caja de forma peligrosa según Vicente. Para él, peligro es tener tanto como para no poder dejarlo en casa, ya que de los bancos no se fía, y por tanto hay que invertirlo. Vale más tener posesiones que papel moneda que casi nunca le ha servido de nada, por ello deciden comprar un hotel que hay cerca del Palacio Presidencial, aunque continúan con el "cajón de ropa" que ya ha sido ampliado y donde venden los mejores géneros. Vicente, que espera la llegada de dos de sus hermanos, con sus nuevas obligaciones va a apartarse de la venta ambulante, pero el indio continuará, pues es el trato con la gente llana lo que más le gusta.

Ya le parecía a Vicente que era demasiado mayor para el casamiento, y ni siquiera pensaba en ello, cosa que sí hacía cuando vivió en la Argentina. No es que en esta nueva tierra no hubiera tenido novias, pero siempre fueron para él una cosa secundaria. Tal vez la inseguridad tanto vital como monetaria en la que había vivido, hizo que su subconsciente bloqueara aquella parte de su ser que tiempo atrás le invitaba a formar una familia. Pero esa idea tan largo tiempo dormida, brotó de pronto cuando vio a la chica que en el mismo hotel se dedicaba al cuidado de las habitaciones. Era la hija de dos empleados suyos; recepcionista y cocinera, que en la casa vivían. India mestiza por parte de madre, de pelo en trenza largo y negrísimo, brillante cual hilos de puro azabache, contaba la leyenda de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl a sus hermanitos sentados en el balancín del porche. Su hablar pausado y musical llegó hasta los oídos de Vicente que no pudo por menos de pararse embelesado...

-“...era una donsella de las más hermosas que se llamaba Ickapoyo, que quere desir "Copo de algodón". Un día, el Escorpión Gigante, la vio caminar por las llanuras de Tlalnahuac y quedó tan prendado de ella, que quiso raptarla. La joven gritó y gritó hasta que  su padre y los hombres acudieron en su ayuda. El monstruo sembraba la muerte por toditos lados y la lucha era muy desigual, pero con engaños lograron rescatarla y el Escorpión huyó enfuresido hacia el sur”.

“Uno de los héroes y que era llamado Nextitel, el más bello y el que más valientemente había luchado, fijó su vista en Ickapoyo y en su pecho nasió el amor. Otro tanto le susedió a la niña, que deseó refugiarse en los fuertes y protectores brazos de aquél, pero la vergüensa y el rubor que se le puso en las mejillas se lo impidió”.

“Mientras tanto el Escorpión Gigante lleno de ira vagaba descargando su ira sobre los pobres hombres que estaban atemorisados. Los penetrantes ojos de Nextitel, que quere desir Roca Gris, lo vigilaban hasta que cansado de su maldad desidió salir a su encuentro. Allá en Xantetelco se dió la gran batalla. El Escorpión Gigante lansaba sobre el héroe su venenoso aliento que hasía morir animales y vegetales dejando la tierra todita muerta. Nextitel, llamó para que lo ayudaran, a los vientos que se revolvieron contra el monstruo, pero el animal llamó al fuego en su auxilio para que con sus terribles llamaradas derritiera las rocas. Ya estaba casi seguro de venser, cuando el héroe tomó un poderoso rayo y lo arrojó a su adversario que cayó fulminado a tierra, partido en tres pedasos formando unos picos que hoy se llaman Cerros de Xantetelco.

"La victoria fue festejada y ya estaba anunsiada la boda entre Copo de Algodón y Roca Gris, cuando enterados los amigos del Escorpión Gris de lo que había susedido, desidieron unirse y amenasaron a los hombres con la muerte. Una ves más éstos acudieron a Nextitel para que los ayudara. Se formó un gran grupo de guerreros que al sonar de los atambores y los caracoles partieron con su jefe al frente a combatir. Pasaron los días. Los retoños cubrieron las ramas de los árboles y los campos germinaron, pero de los valerosos guerreros no había notisia alguna. Nadie sabía si habían muerto o continuaban luchando”

“Ickapoyo fue languideciendo en la espera, luego se negó a probar bocado y un día se quedó dormida para siempre. Los habitantes del valle lloraban con desconsuelo mientras tejían blancos liensos de algodón para envolver su cuerpesito, y en estas lamentasiones estaban, cuando la vos del caracol anunsió el regreso de Nextitel”.
“Lloró silensioso ante el cadaver de su amada toda la noche y al despertar el nuevo día, tomó entre sus brasos aquella a la que amó como a naide y se encaminó hacia la ancha garganta del valle, donde con gigantescas piedras construyó la tumba más grande de la tierra. Él había dicho: Aquí erigiré un túmulo gigantesco para que sierre el camino del sol, y que él la salude todos los días al naser y la despida todos los días al morir”.
“Así lo híso, depositando a su amada, y disen que de su cuerpo extendido, destacaba el contorno de su talle; su cabeza orientada al norte, sus pies hacia el sur y su pecho virginal cual cumbre diamantina tocada por los rayos del sol.

Vicente reconoció que la chica hablaba del Iztaccíhuatl, con su perfil nevado, semejante a una mujer yacente cubierta de un manto blanco.  Los tres picos o Cerros de Xantetelco de nombre, el Pecho, la Cabeza y los Pies.

- "Luego, junto a ella, erigió otro mausoleo en el que se encerró a fumar la pipa"  Ese es el Popocatépetl, el Cerro que humea.
- Y aquí acabó el cuento. ¿Les gustó?

Vicente quedó prendado de la muchacha. Ella que lo admiraba, sin pensar que el patrón pudiera fijarse en su persona, se sintió incómoda pero halagada en un principio, para más tarde sentirse atraída de veras. El maduro y ya rico hacendado la cortejó con el permiso de su padre que no dejaba de sorprenderse, ya que no era raro que después de oscurecido, se presentara un grupo bajo la ventana de la chica a la que dedicaban unas canciones.

El día de la boda seis mariachis la despertaron cantando las mañanitas para flanquear luego su camino hasta la iglesia. Todos vestidos con sus trajes de brillantes botonaduras de plata, sus anchos sombreros bordados de oro, sus pistolas enfundadas, con la rica canana repujada, sus guitarrones, violines y trompetas. Cinco caballistas iniciaban la comitiva y otros tantos la cerraban. En medio, y también a caballo, el novio ataviado con traje estilo inglés y el padrino con sus mejores galas Seris. Luego la calesa con la novia y sus padres. Día memorable y matrimonio feliz del que nacieron once hijos, pero eso ya comienza a ser otra historia.