lunes, 26 de marzo de 2018

La avaricia puede llegar a romper el saco.



El teniente de la guardia civil, se presentó con todo el personal del cuartel a su mando; un sargento y seis números. El jefe de la policía local, con otros cuatro. La plaza de la iglesia, estaba abarrotada de gentes, bien amigas, bien conocidas, pero sobre todo curiosos que venían a ver si se armaba la gorda.

Llegó el cortejo. Los designados llevaron a hombros al prohombre y lo introdujeron en el templo para el funeral. Un general sentimiento de fastidio o de escepticismo, hizo que muchos de ellos entraran en los bares a esperar... por si acaso.

A mitad del servicio, cuando el sacerdote principal, cuatro eran los oficiantes, glosaba las virtudes del fallecido, un rumor se extiende afuera:
- ¡Ha llegado el juez! ¡Ha llegado el Juez!

Los mandos de las fuerzas del orden lo saludan. Manda el juez que distribuyan a sus agentes, el grueso de los civiles en torno al coche fúnebre, y delante, el Land Rover. Los municipales a lo suyo, mantener un pasillo a fin de que tanto curiosos como los que quieren dar el pésame, lo hagan sin apelotonamiento.

Ya sale el cortejo, juez y mandos muestran sus condolencias a los familiares y acto seguido la autoridad judicial alarga un documento al mayor de los hermanos. Empieza la discusión que se agrava cuando dos hombres hacen acto de presencia colocándose al lado de las autoridades.
La cosa se calienta. Los cinco hijos del difunto increpan a los recién llegados, y hacen ademán de irse a las manos.

- ¿Qué coño es lo que queréis, desgraciados? ¿A qué viene esta pantomima de mierda? ¡No sois nadie y nada os llevaréis!
- ¡Hijos de mala madre! ¿Cómo se puede hacer esto y en este momento?

- Nosotros también somos sus hijos, mal que os pese. Solamente queremos lo nuestro, y ya que no habéis querido por las buenas, sea por las malas.

Los guardias mantienen una barrera entre los dos bandos, el coche de la guardia civil arranca, tras él la funeraria. Se tomará una muestra para analizar el ADN del fallecido, y que como todos en el pueblo saben, va a dar una probabilidad del 99.9%.

El motivo por el que se ha llegado a esta cuestión, está claro. El prohombre ha tenido dos hijos fuera del matrimonio, y ahora reclaman se les dé lo que él no quiso dar en vida.

Don Anastasio de la Fuente González, heredó de su padre tierras y fortuna. Vivía en la casa familiar con criados y doncellas, y una mujer que también aportó lo suyo al matrimonio. En el pueblo sabían que era hombre entregado a su trabajo, que había rechazado en varias ocasiones el puesto de alcalde,  sus obras en beneficio del pueblo; el campo de fútbol se instaló en terrenos por él donados, el depósito del agua potable y otras cosas de interés general lo avalaban. Sin embargo, siempre hay un pero en toda vida, lo que espléndidamente regalaba a los demás, lo racaneaba a los suyos. Y no solo eso, era además un licencioso en lo tocante a las mujeres.

Delfina Couto Silveira entró al servicio de la casa cuando apenas contaba catorce años. Pequeña de estatura, era vivaracha... y muy linda. Desde antes del matrimonio, Anastasio tenía relaciones con ella, y el mero hecho de casarse con una señorita de bien no iba a cortar aquella relación. A los cinco meses de tener su primer hijo legítimo, Delfina tuvo también un niño.
A pesar de los reproches que la mujer hacía al marido, Delfina continuó en la casa donde crió al pequeño bastardo. Una hija más y otros tres hijos varones tuvo el matrimonio, y la criada, por no ser menos, alumbró otro hijo.
La señora de la casa no rabió de casualidad, pero esa rabia, la había de pagar aquella que desafiante la miraba con sonrisa burlona. Al jefe del clan, al ordeno y mando, nada le podía decir su mujer. Cuando ella sacaba a colación cualquier conversación en contra de Delfina, él la cortaba con un "Suay, Suay, Suay", expresión que todos entendían como "Suave, tranquilos y a callar". En realidad, la palabreja, que ya utilizaba el abuelo de Anastasio, no era sino el nombre de una población de Filipinas adonde lo llevó el ejército, y donde hizo fortuna.

La señora seguía los pasos de la criada por la casa, la asignaba los trabajos más ínfimos, le escatimaba la comida para los niños, medía el aceite, contaba los chorizos, los huevos... y posiblemente hasta los garbanzos por ver que ella no los robara. ¡Porca miseria! Para encima, la fámula no tenía sueldo, trabajaba y se dejaba fornicar, por la comida, el vestido y un billete de cinco duros que el señor le dejaba en la mesilla, y no siempre. Ya se puede suponer de qué trazas andarían madre e hijos.

Cuando Avelino Couto Silveira, hijo de padre desconocido, cumplió los diez años, Anastasio le regaló un coche de bomberos de hojalata. Tres días después, Abandonaron aquella casa. La señora había por fin ganado la partida. Dos mil pesetas a escondidas le dio el señor, por quince años de trabajo y desahogos a voluntad.
Delfina se refugió en casa de su madre. Vivía la vieja sola y sin marido, que se lo llevó la guerra, cuidando las patatas y las berzas en un pequeño huerto del que habrían de comer ahora los cuatro. Porque, encontrar otro trabajo... Los que se lo propusieron buscaban lo mismo que le diera a su anterior amo. Y eso, ¡nunca jamás!

Las pesetas se fueron gastando, y con doce años, Avelino entró a trabajar como aguador en la cantera. Fue lo único que su padre hizo por él; recomendarlo para el puesto. ¡Vergüenza le debía dar! Hasta los hermanastros, con los que había ido a la escuela, les retiraron el saludo influenciados por su madre, cuya inquina mantendría durante toda su vida.

En el lecho de muerte, Anastasio pidió a su mujer que llamase al notario para hacer testamento, pero ella temerosa de que incluyera en él a su antigua querida y a los bastardos, le daba largas.

- Déjate de bobadas Tasio, por una gripe no se hace testamento. Tiempo tendrás cuando se te pase.

Y Tasio se murió de algo más grave de aquello que le decían, y sin testar, Por si acaso, el hijo mayor, el legítimo, con la mosca tras la oreja, propuso a su madre hacer unos chanchullos; ventas falsas y movimientos de cuentas para salvar lo que tenían en caso de reclamación. Pero la madre se negó. Todo lo que había era de ella y no estaba dispuesta a dar un chavo, ni a legítimos ni a bastardos  hasta que también se fuese para el otro barrio.
El lío fue mayúsculo. Los hijos en contra de la madre, y los ilegítimos a la puerta llamando. La solución fue tajante. Los abogados se llevaron sus buenas tajadas y ella se vio obligada a entregar la mitad, que se repartírian entre los siete hermanos a partes iguales. El colmo de los colmos, fue, que lo que ella había aportado al matrimonio, también fue repartido por no poder demostrar que aquello solamente era de ella y no del matrimonio.


Eso sucede por no hacer bien las cosas desde el principio.


viernes, 23 de marzo de 2018

Las almas al otro lado de la niebla.



Estaba rodeado de una cambiante niebla; espesa, pesada y gris a veces, lechosa, móvil y tan tenue otras, que parecía moverse cual si una máquina de humo la lanzara. Sea como fuere, era incapaz de ver mis manos puestas ante la cara.

Desconcertado en aquellos momentos por el desconocimiento, el motivo, el lugar, la ubicación, el porqué de aquella situación y sensación tan extraña, parecía el ciego que busca a tientas alguna referencia que lo encauce por el camino correcto.

Sonó un solo ladrido: ¡Guau! No era imperativo, ni amenazador. No trataba de intimidar, simplemente parecía a modo de saludo. Traduje: por ¡Hola! Pero no veía al animal. Él volvió a llamar: ¡Guau, Guau! ¡Estoy aquí! Su voz me sonaba conocida. ¿Cómo puede ser posible? Hace tiempo que no tengo perros. Por mi imaginación pasó un San Bernardo al rescate, pero entonces sucedió algo irreal; el can frotó su cabezota contra mi rodilla, luego, debió ponerse a dos patas, sus manos se apoyaron en mis clavículas a la vez que me daba unos lametones. Conocía bien aquella actitud.

¡Tom! ¡Eres tú! Tras las caricias se echó al suelo, su cola me daba rabotazos en el muslo, indicativo de que debíamos caminar. Lo agarré por el collar, y poco a poco me sacó de aquel muro de niebla. El prodigio no acabó allí, más bien empezó. A un lado del camino, estaban todos mis perros; los dos Yorki, y los dos de aguas. He dicho todos y no es cierto. Tuvimos un amigo perro, "Boy", solamente por un tiempo. No tendría más de un año cuando lo dejé con un compañero para que lo atendiera durante las vacaciones. A la vuelta me pidió que se lo dejara, el perro y su hijo pequeño, aquejado de parálisis cerebral, se habían encariñado de tal forma, que eran inseparables. 

Al otro lado del camino, estaban los gatos, y todos, gatos y perros, retozaban alegres en torno a mí saltando para que los cogiera en brazos. Los abracé nombrando a cada uno de ellos entusiasmado por la visión, olvidando, que estaban muertos y enterrados hacía años. Comencé a comprender la situación; o ellos habían resucitado, o yo había muerto y me reunía con ellos al otro lado del arco iris.

Una claridad etérea lo inundaba todo. No sé veía el sol por parte alguna, y sin embargo, aquello era semejante al jardín del Edén. Flora y fauna exuberantes con todo el colorido, con toda la vida de la que gozaron en sus mejores días. Empecé a encontrar gentes. Gentes que conociera en otro tiempo, y cada uno de ellos, según su edad, me trataba como si yo fuera el chiquillo, el amigo, el hijo de fulano o mengana. Así, mi amigo Julio, fallecido a los doce años, me hablaba como si yo tuviera su edad. El señor Antonio, comentaba mi boda, en la que había estado, y que fue la última vez que nos viéramos. Igual ocurría con Benito, Cándido y otros compañeros de trabajo. Todos hacían referencia al tiempo transcurrido, y guardaban aquella última imagen de mí. Lo mismo sucedió con la familia. Todos menos mis padres. Ellos me veían todos los días a través de un agujero en aquella niebla.

Hablamos bastante tiempo. Yo estaba a gusto allí. Pero mi madre, siempre en todo, me llevó de nuevo hasta la niebla, hizo un agujero con el dedo y me pidió que mirase. Mis hijas lloraban desconsoladas, mi mujer lo hacía para adentro, comiéndose rabia y dolor, y atisbando la soledad que le esperaba. Entonces me vi. Estaba en la cama demacrado y sin aliento, quizá muerto o a punto para los últimos estertores. 

No sé si se paró el tiempo, o solamente se detuvieron los protagonistas del otro lado. El médico a un lado, miraba hacia mí mujer esperando una decisión con la aguja hipodérmica en la mano. Tal parecía que de ella dependía mi salvación. Los demás, expectantes.
Entonces mi madre me dijo: Si estás en disposición de volver, este es el momento. Y yo valoré aquella increíble proposición, sin entrar en quién era el que tenía poder para hacer semejante cosa. A mis ochenta y un años... de haber tenido treinta menos, no lo hubiera dudado. A aquellas alturas...¡Qué podía esperar de la vida! Mi mujer, mis hijos y nietos ya estaban, si no conformes, sí resignados. Quizá les quedaba el último trago, pero... ¡Por nada del mundo les haría pasar de nuevo por semejante trance! Le susurré al oído de la que había sido mi compañera durante sesenta años: Déjame partir, de poco va a servir esa solución. Ella hizo un ademán, el galeno se retiró.... y todo siguió su cauce.



sábado, 17 de marzo de 2018

El minero soñador.



Bocamina del Socavón Barredo Mina Mariana. Mieres del Camino.

Muchas minas de carbón llevan nombre de santos, nombres de mujer, o de los topónimos donde están ubicadas. A una de estas minas, acudió a trabajar una muchacha, pensando que la coincidencia de su nombre con el de la mina, le traería buena suerte. Ambas se llamaban Mariana. Más el destino se vuelve a veces en contra de aquellos, que incluso en tan duro trabajo, ven una puerta abierta a la más elemental de las necesidades; comer. Otros, soñadores, buscan el simple bienestar, la prosperidad y hasta la felicidad.

El carbón que los picadores arrancan en aquella mina, llega a la zona de cribado donde se separan las porciones más grandes; suelen ser los estériles; madera y piedras principalmente, aunque también las hay de carbón, y todos han de ser retirados a mano. En sucesivas fases se clasifica por tamaños y se lava con agua a presión eliminando  polvo y tierra. Este agua con partículas de carbón que escapan de los tamices, irá a parar al río, río que se teñirá de negro, formará acúmulos o depósitos en los remansos, o será detenido por medio de trabancos. Ese mineral dado por perdido, lo sacarán del río los que no encontraron otro trabajo, a pala y con cestos, mujeres u hombres, con las  negras natas por las rodillas, lo llevarán pingando sobre la cabeza, lo amontonarán y pisarán para una vez compactado, consumirlo en sus casas, o venderlo de puerta en puerta.
Mariana trabajaba en uno de estos lavaderos, un trabajo ímprobo por un jornal de miseria y una jornada interminable. No le importa, el caso es llevar a casa unos reales.

El peligro de la mina no solo está dentro, también en el exterior, y aquella moza va a sufrir un percance: Una vagoneta le seccionará ambos pies. Entre lo que perdió y lo que el cirujano hubo de sanear, se le fueron todos los dedos y algo más.

Mariana está en el hospital. Pachu, el caballista ha ido a visitarla. Él ha sido testigo y primer auxiliador de la joven en el accidente. Se siente culpable de lo sucedido, aunque en realidad poca culpa tiene. Una falla del material de enganche, hace que se rompa un eslabón. La mula lleva quince vagonetas cargadas, camino del cargadero sube la rampa, pero las cuatro últimas se sueltan, se van hacia atrás adquiriendo mayor velocidad por momentos. En ese preciso instante, Mariana, tratando de atajar para llegar a su puesto de trabajo, atraviesa la vía. Al ver lo que le viene encima, trata de saltar hacia atrás, hurta el cuerpo pero no los pies que resbalan en el talud.


Antiguo Sanatorio de Bustiello. Mieres.

El minero le deja una caja con casadielles sobre el embozo de la sábana -Son de casa, a ver si te gustan- le dicen mientras arrima una banqueta para charlar con ella. Aunque parezca extraño, va a ser la primera vez que se hablan. Se ven todos los días, él la mira con una sonrisa, blancos los dientes en aquella cara tiznada, Ella elige aquel camino por verle, pero hasta ahora, solamente un saludo llevándose él la mano a la gorra, a la que ella corresponde alzando la mano. Pero palabras, ni una, exceptuando un; "Tranquila, déjame hacer", mientras se quita el cinto con el que le da dos o tres vueltas a cada pierna. Posiblemente aquello servía de poco, la sangre no era demasiada, pero siempre tranquiliza que alguien haga lo que puede en tan amargo trance.

Mariana tiene dieciocho años para diecinueve, Francisco, Pachu, Pachín, Veintiuno para veintidós. Hablan del accidente ¡cómo no!  ¡Si me hubiera fijado! ¡Si no hubiera resbalado! ¿Qué voy a hacer ahora? Se lamenta ella. ¡Me tendrán que hacer zapatos especiales, tendré que aprender a andar de nuevo, me voy abambolear zangole mangole como barco movido por las olas... y ya no podré bailar! ¿Quién me querrá así?
- Yo te querré ahora, más que nunca y no en silencio. Desde que te ví el primer día, pensé: ¡Poco puedo, o contigo me he de casar! Nada te decía porque tú levantabas la mano como diciendo... ¡Bah, un simple caballista! Y creí que te parecía poca cosa, pero, con las diez pesetas que gano, puedo mantener la familia, y si no alcanza, cargaré vagones fuera de hora. Con uno diario es suficiente, son otros catorce reales. ¿Quieres que nos hagamos novios?

El destino quiso que la pareja lograra aquello que anhelaba.  Se han casado, bien es verdad que viven bajo un hórreo cerrado a calicanto, nunca mejor dicho; no hay ventanas, solamente una puerta de cuarterón siempre abierta para que pase la luz. El habitáculo es cocina, comedor, dormitorio, despensa... Todo en no más de veinte metros, con la única intimidad que dan unas cortinas que separan la cama de los niños, ya tienen tres, y la de los padres. Anaqueles en las paredes para cuatro cacharros, dos arcones para la ropa... allí no cabe un alfiler.  Pero son felices y no falta el pan en la mesa en tiempos de tanta hambre. Mariana  no baila ya, pero ha aprendido a tocar la vigüela y continua con el grupo de danza. Toca y canta a todas horas para sus hijos, y pronto, muy pronto, tendrán casa propia. 
El casado casa quiere, que decía su suegra, y que vio con alivio como su hijo se marchaba dejando un sitio que sus hermanos necesitaban. Ocho tenía la viuda de Juan el minero, a los que alimenta con lo que la huerta y una vaquina en el prado dan. Amén, claro está, de la menguada soldada de los tres de quince a dieciocho. Echaría sin duda de menos la paga del mayor, pero cada cual ha de buscarse su propia vida como mejor pueda.

Hay personas, que cuando se habla de la mina, se imaginan esta como un túnel, todo hacia adelante y arrancando el carbón de una pared que está de frente. Sencillo sería. Pero las capas son caprichosas y hay que ir en pos de ellas hacia arriba o hacia abajo,  tumbados a veces los mineros abriendo estrechos pasadizos, coladeros, con mala ventilación, gas, explosiones, derrabes, hundimientos...

Pachín tiene un ferviente deseo: Que las dos mulas jóvenes que tiene en casa de su madre, herencia que le dejara un tío sacerdote en un pueblo de Castilla, entren en la mina con sueldo y forraje. Una nueva desgracia le va a dar esa oportunidad.

A veces, el picador observa que el carbón se desprende con mucha facilidad. Cae por gravedad al estar mal consolidado, la experiencia entra en juego, valora y no le da importancia, continua con su labor. Otras veces, esa experiencia le dice que el volumen es demasiado importante, supone que el gas está empujando, que urge una retirada del tajo, y que lo valore el vigilante. Más en otras ocasiones, el derrabe es producido por una liberación súbita de energía sumamente peligrosa, peor si se trabaja en un plano inclinado.

Y sucedió, que un día, en aquella mina hubo uno de esos derrabes súbitos, impredecibles, en que los mineros hubieron de salir a la carrera, dos han quedado en algún sitio a resguardo, o enterrados bajo el mineral. El carbón se desprendió como si se hubiera abierto la compuerta de un pantano. A su paso arrancó la madera; mampostas, bastidores, o testeros. Pachu conoce la mina palmo a palmo y está cerca. De inmediato, ante las voces de alarma, desengancha la mula, coge unas cadenas y ambos se adentran hasta donde ha ocurrido el suceso. Masca el polvo del ambiente que poco a poco va siendo absorbido por los extractores. No se detiene a pensar en el gas, pero va agachado con la cabeza pegada a la panza de la mula. Llega a un muro de escombro que ciega la galería - ¿Hay alguien ahí? Pregunta a voz en cuello. Una voz responde - ¡Aprisa, hay poco aire! Estamos en el nuevo transversal aún ciego. Con la menguada luz de su lámpara, el caballista va amarrando los troncos con la cadena, tira la mula y los va extrayendo. El hueco que deja cada tronco que retira, es ocupado de inmediato por el carbón, si no llega pronto el auxilio... Sin embargo aquella maniobra va dando resultado, la altura del material va en descenso y ya se atisba hueco por la parte superior. Quizá pase el aire vivificante, pero también se corre el riesgo de hundimiento. Habría que mampostear. Ya llega el socorro, abren un coladero hasta un transversal inferior que se va tragando el derrabe, y tras duro trabajo sacan a los dos hombres de aquel escondrijo que otros estaban abriendo. Un par de piernas rotas ha sido el mayor daño.

A Francisco aquello le costó un rapapolvo por inconsciente; podía haber muerto gaseado o aplastado por hundimiento al faltar el entibado, incluso poner en mayor peligro la vida de los compañeros. Sin embargo, el señor director lo felicitó por su arrojo y le quiere hacer entrega de un sobre de gratificación.
Sin  alargar la mano siquiera Pachu, le dijo que la única gratificación que quería, era que sus dos mulas pasaran a engrosar la nómina de la mina, privilegio que tenían unos cuantos contratistas. Y así, con dos sueldos más, el minero pudo arreglar la casa familiar, y amestar junto a ella la suya propia.

El minero soñador encontró felicidad, prosperidad y bienestar en aquella mina que se llamaba igual que su mujer. Por supuesto que se quedó en el tajo, pero el sábado al acabar la tarea, se lleva sus mulas a casa. Pacerán todo el domingo en el prado, donde las cepillará para que se vean lustrosas y se sientan bien tratadas y queridas, 


Castillete Pozo Barredo.


martes, 13 de marzo de 2018

El ojo del amo...



Por fin Ramiro encontró trabajo. No era lo que buscaba, pero no se quejaba; ochocientos más propinas, comida, cena, y los martes de descanso. Eso sí, el trabajo desde las doce de la mañana hasta las cuatro de la tarde y de las seis a las doce de la noche. ¡Porca miseria! Pero en fin.
Él había estudiado Agronomía, más lo que se le daban bien eran los cócteles, y aunque en el bar donde solicitó el trabajo, apenas si servía alguno, lo contrataron. Algo vería el dueño en el mozo. 

La peña, once fijos y algún arrimado, quiso que el dueño viera que había contratado a alguien que podía, sino llenar el local, al menos, darle más ambiente.
Empezó su trabajo un lunes cualquiera, y el viernes de tarde, fuimos a tomar algo y a ver cómo se desenvolvía. Lógicamente, y dada su especialidad, pasamos de tomar las birras de costumbre y pedimos unos cacharros.
Sin saber el motivo, nos hizo una seña para indicarnos que hiciésemos como que no le conocíamos. ¡Menuda tontería! ¡A nuestra cuenta va a ingresar un gasto extra, y no quiere que el dueño se entere de que son sus amigos quienes lo hacen!
Lo peor fue que los combinados eran raquíticos en "esencia", y que no tuvo la delicadeza de servirnos unos miserables cacahuetes de aperitivo, cuando los pinchos circulaban a troche y moche por la barra y las otras mesas.

Alguien levantó la mano para pagar la cuenta e irnos, y el dueño, que no tenía un pelo de tonto, se vino hasta nosotros.

- La casa invita a otra ronda.

Unos cuantos se disculparon con un no, gracias, pero el hombre insistió.

- Es la primera vez que habéis entrado en el local, no sé por qué, me da en la nariz que conocéis a Ramiro, aunque no acierto a comprender el trato que os ha dado. Lo lógico es, que le hubiera llamado la atención, pero temo que lo hizo para que yo no creyera que vuestra amistad iba en perjuicio de la casa. Vamos, que os daba un trato deferente. Al principio pensé en ponerle la cuenta en la mano, en mi casa se trata a todo el mundo por igual, no como en algunos sitios que solo dan pincho a los conocidos. más no quiero desprenderme de él, es un buen barman, y creo, que aunque se equivocó, lo hizo por conservar el puesto y por una fidelidad mal interpretada.

Aceptamos las copas, esta vez con buenos pinchos, y reconociendo que el ojo del amo engorda el caballo.


viernes, 9 de marzo de 2018

La mujer que engañó al diablo.


La Manona: Que se detengan los que no respetan la naturaleza ni sus leyes. Que continúen su camino los que aún creen en misterios ocultos y seres mágicos.

Cuenta una leyenda popular, la historia de un aldeano poseedor de unas áridas tierras de las cuales apenas sacaba provecho. Su mujer, harta de pasar inviernos de hambre, le conminó:
- Martin, has de poner remedio de algún modo a esta situación... o te dejaré más solo que la una.

Por mucho que el hombre cavilaba en busca de solución, no daba con ella. Ni pensar el trabajar de criado para algún vecino, tan míseros como él. Y he aquí, que cuando derrotado miraba el pedregal donde solía sembrar, apareció lo que por su vestimenta él creyó un trasgo: pequeño, blusa y gorro picudo colorado, rabo, y pequeños cuernos. Portaba una fisga en la mano, esa en la que debía tener un agujero para ser un "trasgu", y que lo miraba con insolencia.

- No te confundas, aunque solamente soy un diablo menor, ese ser al que nombras no me llega a mí a la suela de los escarpines. Dime, ¿qué me darías si te ayudo a quitar todas esas piedras, a dejar mullida la tierra y dispuesta para la siembra?

- ¡No tengo cosa que te dar! En todo caso... la mitad de lo que podamos cosechar.
- Bien, acepto. Cumple con el pacto, o tendrás que lamentarlo.

Y en aquel mismo momento, moviendo la fisga que portaba en su mano, salieron volando las piedras, grandes y pequeñas, formando un enorme montón. Luego, la clavó en tierra, con leve temblor se deshicieron los terrones, quedando plano y listo el terreno para el arado.

Martín corrió a contar lo sucedido a su mujer,  y esta le dijo que sembrara trigo para hacer buen pan, cebada para las vacas que iban a tener... y ya verían.

Llegado el tiempo, a últimos de junio, el hombre hace el reparto, coge su mitad por la parte de arriba; el grano, y deja la de abajo para el diablo; la paja.

En esa misma tierra, y tras recoger la cosecha, deciden sembrar nabos. El hombre, aleccionado por su mujer, ofrece al demonio la parte inferior esperando que elija, en evitación del engaño, la superior. Pero el demonio no se decide ni por una ni por otra.

- Los repartiremos a uñadas, le dice confiando en las suyas largas y fuertes, el que más rebane, para él.

Esta vez el diablo parecía llevar ventaja, cabizbajo llegó el hombre a casa y contó a su mujer el trato. Quiso ella que diablejo fuese a verla, y cuando entró en la casucha, la halló frente al llar que avivaba con el soplillo, las piernas abiertas y el "fandango" a la vista iluminado por la llama. Preguntó él qué era lo que tenía entre las piernas, y ella contestó: Una uñada que mi hombre me hizo. Ante aquello, el diablo poco tenía que hacer, se marchó enfurruñado para no volver.

Esta leyenda, aunque con algo más de malicia, es similar a otras muchas que circulan por distintas regiones y que combinan los frutos hortícolas del lugar. Sin embargo, atendiendo al final, posiblemente alguien se haga esta pregunta: ¿Desde cuándo el diablo, por menor que este sea, se amedrentaría ante tal visión? 
La explicación podría ser la siguiente:
En los aquelarres, el demonio marcaba a los neófitos con la uña hasta que brotara la sangre, la cual depositaba en una vasija. Si el marido de aquella mujer, le había hecho tal tajada de una uñada, el diablillo debió de pensar, que ella era bruja y él un diablo mayor.


Ruta del camín encantau. Llanes.
En esta senda podrás encontrar, además de bellos paisajes, figuras de la mitología asturiana como La Castañera, El Cuélebre, El Segador, El Nuberu, El Diañu Burlón, o El Hombre del Sacu entre otras.


martes, 6 de marzo de 2018

Matar es fácil: El pintor y la muchacha surfista.



Fue un cambio drástico. De la noche a la mañana, el pintor pasó de realizar claras y brillantes marinas, retratos luminosos de personajes desenfadados que posaban con naturalidad espontánea, a una mezcolanza  de blancas, negras, u ocres pinceladas de no se sabía que. Si al menos hubiese habido ellas atisbo de alguna figura, podría deducirse que trataba de imitar las pinturas negras de Goya. Pero aquello era un sinsentido, ni encajaba en lo dicho, ni en el más moderno estilo cubista a pesar de que representaba líneas geométricas sin ninguna perspectiva, y borrones asimétricos. Ni siquiera en el surrealismo, puesto que en ellos nada había de realidad, ni siquiera la interpretación de unos sueños fantasmagóricos.
Para tratar de comprender aquella pintura, el marchante quiso indagar en la vida privada del pintor. Con toda seguridad, en ella estaba la clave. Más, Rafa era celoso de su intimidad. Sus íntimos, mejor digamos amigos, pues íntimos, lo que se dice íntimos, no tenía, no conocían su casa, su estudio, su familia... Así que contrató a un detective que descubriera el lado oscuro de su vida.
No fue complicado averiguar sus andanzas. Lo único que hacía fuera de casa, era contemplar la mar. Siempre desde el mismo lugar, sentado en una roca y contemplando a los surfistas en días en que el agua batía con ímpetu. Tras unas horas, cuando los de la tabla se retiraban, el hacía lo propio y volvía a casa de donde ya no salía.
El detective, cansado de la misma rutina, decidió cambiar la vigilancia pasiva, por  la conversación con los asiduos deportistas. Como quiera que él aún era joven, comenzó por interesarse por aquella práctica, preguntando a unos y a otros, las cualidades que había de poseer, las dificultades para un hombre de mediana edad que solamente sabía nadar, el costo de los "arreos"... Se compró el equipo y comenzó en tierra a hacer lo que ellos le recomendaban.
Cuando decidieron que estaba preparado para tomar contacto con el agua, probó. El equilibrio nunca había sido su fuerte, de niño tardó bastante en hacerse con la bicicleta, y aun ahora las curvas le ponían nervioso. Una tabla bamboleándose en un medio hostil... por demás. Pero allá que se fue.
Un día de cháchara, esperando que la mar batiese algo más, preguntó:
-¿ Oye, conocéis a ese tipo que día tras día os contempla allí sentado?
- Es Julio, el pintor.
- ¡Ah! ¡Qué se viene a inspirar, vamos!
- No. Solo a llorar su desventura.
- ¿Cómo dices?
- Que viene a llorar sus penas. Se enamoró de una compañera nuestra, tuvieron un idilio, pero ella no quería lo mismo que él.
- ¡Aaah!
- Sí. Ahora debe andar por Australia, la aburría tanta quietud, tanta parsimonia. Posaba para él, y se cansó.

Se acabó la investigación. El marchante ya tenía el motivo. Sin embargo, no fue de la misma opinión.

- Mire usted. Le voy a enseñar los cuadros que pintaba antes recogidos en este libro de arte. ¿Qué le parecen?
- No entiendo de pintura, pero me parecen muy buenos, expresivos, llenos de color...
- Ahora mire estas fotos de los que deseaba exponer y yo no acepté. Demasiado contraste, ¿no cree?
- Bien, déjeme las fotos y las examinaré con calma.
El detective se las llevó a casa, las colocó en el tablero donde desgranaba las tramas, y trató de comprender que era lo que había tratado de plasmar.
Tras muchas vueltas, coloca aquí, coloca allá, cambia esta, cambia la otra, se dio cuenta de que aquello era un puzle que había de colocar adecuadamente. La que parecía un monte con una pequeña vaguada, era semejante a otra pintada en sentido opuesto. Puso una debajo de la otra. Aquello en verdad parecía  un monte, el de Venus; un muslo, un pubis de negro pelo rizado, y el otro muslo. Poco a poco fue añadiendo, una pierna, la otra, un pie...
Sin duda eran parte de un mural representando a una mujer desnuda. Veintidós fotos tuvo que casar, todas con un tinte macilento aquí, blanco allá, colinas por senos, círculos inermes cual ojos de pescado pasado, labios mortecinos semejando las gibas de un camello... ¿Había pintado a la joven, representando quizá el amor fenecido, o tal vez...  un cadáver?

Sin sacar ninguna conclusión, pero con la sospecha del hábil sabueso, pensó que se imponía ahondar en el asunto.
Los surfistas le dijeron que había hablado de ir a la competición anual Surf Rip Curl Pro de Bells Beach, y de paso al Festival Music Bird Rock. Con aquel dato, y el nombre de la chica, pudo tras arduo trabajo y comprando voluntades, saber que nadie con aquel nombre, había tomado un avión rumbo a Australia en los días previos a dicha competición.
Con el nombre, encontró al padre, un viudo empresario, que dijo no mantener mucho contacto con su hija. Únicamente le ingresaba una asignación de tres mil dólares todos los meses. Sabiendo las sospechas del detective, y a la vista de la foto sacada al mural formado por el conjunto, se puso al habla con el director del banco para saber los movimientos de la cuenta. Desde quince días antes a la fecha en que los amigos dijeron se había ido, no aparecía ningún movimiento, siendo los previos de menor cuantía. Tampoco a su nombre se despachó visa alguna, lo que preocupó mucho a los dos hombres. Debían ir a la policía, con más medios que un simple detective.
Y la policía se fue directamente a indagar lo que Rafael sabía del asunto.

El criminal siempre niega en principio, pero este se desmoronó tras los primeros balbuceos. Llorando, quiso liberarse de tan pesada carga... y confesó.

La había conocido, cuando en el aparcamiento la vio despojarse del neopreno tras el coche, con el traje a la cintura y los pechos al aire. Se quedó como un pasmarote, embobado.
Ella le gritó:
- ¡Ya está bien! ¡Mirón!
Acobardado, entre balbuceos dijo ser pintor y que le gustaría posase para él. A ella le gustaba sentir nuevas sensaciones, si era bueno, tal vez adquiriese fama y se viese en los billetes de banco como aquella moza de Julio Romero de Torres.
Durante unos meses, las cosas fueron bien. Amantes, él enamorado pasional, ella solo por un placer circunstancial. Pronto se cansó de tan tedioso trabajo. Le dijo que se marchaba. Discutieron. Él, cosa extraña, vociferaba fuera de sí. 
La decoración simulaba una estampa faraónica. Telas y tules por el suelo y colgadas de los laterales, un ábaco, dos columnas de mármol y una cama alta con baldaquino y figuras de leopardos en los cabeceros. Se levanta ella, y patosamente enreda sus pies en la tela. Cae al suelo con tan mala fortuna, que se golpea contra la base de una de una las columnas Murió al momento y sin apenas sangre. La enterró en el jardín. Nadie preguntaría por ella, todos sabían de su ansia por recorrer el mundo surfeando. 
Rafael, no soportando la figura de su amante, quemó los cuadros donde ella lucía hermosamente plasmada. Tiempo después, pintó aquellos otros atormentado por el remordimiento del drama, y no supo, o quiso decir, el motivo de querer exponerlos por separado. ¿Buscaba que alguien inteligente, llegase al ovillo tirando de aquel hilo? 

Se ha exhumado el cuerpo. Ciertamente todo se acomoda a su versión, pero quien tiene la última palabra es el forense. La chica ha sido enterrada cuando aún estaba viva. Un error de percepción que al pintor le costaría la cárcel.





viernes, 2 de marzo de 2018

Cosas de chigre: Pura envidia.




Hoy en el chigre, tengo en la mesa de al lado un matrimonio con una joven, sin duda hija, que toman el vermú. Pasaba por aquí tras la caminata diaria y tenía la boca como estropajo. Pedí un agua a Manél y aproveche para coger dos décimos del sorteo de navidad.

A veces la gente discute por nimiedades sin importarles que los demás escuchen, incluso que lleguen a pensar, que están mal avenidos. La cosa fue más o menos así:
Ponderaba él aquellos mejillones que les habían servido, no sé si intencionadamente o por descuido, en la creencia de que ella no iba a rechistar al estar la terraza llena de gente. Pero estaba equivocado.
- ¡Que rica está la salsa! ¡Justo como a mí me gusta!
- Ya estamos. ¿Acaso me estas diciendo, que yo los preparo mal?
- No mujer, solamente digo que están ricos.
- Pues a mí me parece que va con segundas.
- Bueno, no has de negar, que están preparados de forma distinta. La salsa es espesita, sabe a mar, y los mejillones en su punto, ni crudos ni demasiado cocidos, el aroma a puro marisco, y el color...
- Lo que yo decía, tú, con tal de desprestigiar, te comes cualquier cosa preparada con quien sabe cuantos potingues añadidos.
- Sí papá, deberías ser algo más sutil. Dices las cosas de un modo, que molestan.
-¿Sutil? ¿Potingues?  
- ¡Sí! Potingues. Esas sustancias como los colorantes, glutamatos, saborizantes y similares que pueden resultar cancerígenos.
- ¿Para unos mejillones?
- Y lo malo es que aquí no hay etiquetas.

Cansado de una discusión vana, y a riesgo de que todos a una se volvieran en mi contra, cosa que suele suceder, me atreví a intervenir.

- Perdonen si me meto donde no me llaman, pero el chigrero es amigo mío y puedo dar fe de que todo es natural. Señoras, decía Quevedo, “la envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”. Reconozcan que lo que han tomado está bueno, y la envidia que sienten, utilícenla para mejorar en vez de deslustrar la fama, en este caso, la de mi amigo. Hasta otro día.

Y me fui dejando a los tres con la boca abierta.



De haber sido calamares, posiblemente no hubiera dicho ni pío, ya sabemos que en muchos sitios dan potarro por calamar y pocos son los que enteran. Lo que me movió a tal intervención, aparte de la defensa de mi amigo, fue un recuerdo de mi niñez. Hasta los diez años fui un chiquillo escuálido y enfermizo; salía a enfermedad por año, y cinco de ellas los suficientemente graves como para haberme ido al otro barrio. Tras una de esas, el médico recomendó a mi madre, dado que no me gustaba ni la carne ni el "verde", que me diera mejillones, con alto contenido en vitamina B que era lo que necesitaba.
Compraba ella los mejillones en escabeche en latas de un kilo, cada capa venía separada de la siguiente por un papel o similar. Creyendo yo que no lo notaría, sacaba la lata de la fresquera y le robaba unos pocos cada día. Ni que decir tiene, que entre los que ella me daba, y los que yo mangaba, la lata no duraba una semana. Jamás dijo nada, ¡más quería ella! y ambos tan contentos.


miércoles, 28 de febrero de 2018

Matar es fácil: El macho alfa.




El hombre hablaba con su hijo con voz cansada pero firme:
- Hijo, a este mundo aún le faltan miles de años para conseguir la igualdad entre el hombre y la mujer. Para entonces, las religiones, opio de los pueblos a decir de Marx, deberían haberse puesto de acuerdo respecto a este punto, puesto que la mayoría de ellas, están basadas en un patriarcalismo primitivo, desde donde se sojuzga a la mujer por su culpabilidad en el pecado original, se la azota y hasta lapida por adulterio, se le niega el derecho a la propiedad y tantas otras cosas.
El hombre, animal racional, lleva escrito en sus genes esa superioridad ficticia del macho, aunque con el paso de los siglos y obligado por las circunstancias, va aprendiendo poco a poco a domeñarla. Sin embargo, al igual que los animales no racionales, trata de mostrarla cuando se contraviene su voluntad o su dominio. Unos se contienen a tiempo, pero otros no saben, no pueden, o no quieren; todo depende de su raciocinio. Quizá el día en que se hayan extinguido esos animales salvajes, dejará de percibir el primitivismo, el reflejo, la influencia subliminal que ejercen sobre él. Mientras tanto, habrá hombres como yo que aplican la ley de la selva, la tiranía del fuerte, fieles a los postulados de las religiones para su conveniencia.
La pretensión de tu madre, de separar lo que Dios unió, ni me conviene, ni la acepto, y es por ello que esa superioridad de macho alfa, aflora dejando a un lado todo raciocinio. Pero, atiende lo que te digo: ¡Yo no la maté! La amaba profundamente a pesar de nuestras desavenencias.

El hijo, trece años, no entiende lo que su padre le dice, ni le importa. Ante él, escopeta en mano, está dispuesto a apretar los dos gatillos. La mujer, madre y esposa, yace sobre la paja de la cuadra. Parece una niña que estuviera durmiendo, tan menuda es de cuerpo. En el suelo junto a ella, la soga con el nudo corredizo y la banqueta  de ordeñar caída.

La solitaria casa mira al sur en mitad de la loma. El camino acaba justo a la puerta. En el prado de arriba pastan unas ovejas, en el de abajo las vacas. El establo, independiente de la casa, a la derecha, los portones abiertos. Forzosamente hay que pasar por  delante del establo para acceder a la vivienda. El sol ilumina hasta el fondo y se pueden ver media docena de cubículos vacíos, el largo comedero, y varias balas de hierba para cama y alimentación.

El chico viene de la escuela. El transporte lo ha dejado en la carretera puntual como siempre. Cuando pasa ante el establo, ve como su madre, a dos palmos del suelo, se balancea ahorcada por la cuerda, y que ha interpuesto sus manos entre la soga y la tráquea, para poder respirar. Raudo, empuja el asiento, la abraza por los muslos y ella hace pie. Luego desengancha la cuerda de donde estaba amarrada, le quita el fatídico collar y la recuesta sobre la hierba. Medio asfixiada, con las señales del cáñamo en las manos, murmura unas palabras para cerrar luego los ojos tratando de recuperarse.

El hijo ha corrido a la casa, ha cogido una de las escopetas, la ha cargado y ha vuelto junto a su madre. El padre no tardará en llegar, por la carretera ve venir el auto.

- Hijo, no cometas una locura. Te lo repito, yo no he matado a tu madre. Hace no más de media hora que bajé hasta el pueblo a buscar una correa para el tractor. Ella estaba bien. Es cierto que discutimos, pero jamás se me ocurriría tal cosa.

La mujer, recuperada ya, se levantó. Aquel "real de queso", no era lo que por su enclenque aspecto parecía. Vocinglera y procaz, con encono acusó a su marido de haber sido él el que tratara de ahorcarla. El chico subió el arma hasta la sien. Entonces ella, alargó la mano y la empujó hacia el suelo.

- No, Rubén. Lo tenía todo calculado, y en mi locura no veía el mal que iba a causar. Yo podía haber muerto, tú hubieras matado a tu padre, y te habrías quedado solo y tal vez en la cárcel. Perdonadme los dos.

Gallo y "galla", que no gallina, recomenzaron una mejor relación. El hijo, enfurruñado con ambos, tardó algo más en perdonar. Semejante trance no se diluye en cuatro días.


viernes, 23 de febrero de 2018

Cosas de brujas.


Contaba mi abuela materna, hija de un marino irlandés afincado en Galicia donde se casó, mitos y leyendas de tiempos ancestrales aprendidos de su padre. Un padre aficionado a la Guinness por el día, y al ponche de güisqui por la noche.
Se jactaba este hombre, según ella, de haber vuelto a sus orígenes, pues eran sus antepasados, los Milesianos, hijos de Mil Espáine, llegados a Irlanda como conquistadores desde Galicia.  Dada la distancia en el tiempo, casi dos milenios, ya parece inverosímil, más cuanto decía ser descendiente de Breogán rey de Brigantia, posiblemente la actual Coruña, constructor de una torre tan alta, que sus hijos podían ver desde allí la distante orilla de la verde Irlanda. En este lugar, los romanos levantarían más tarde sobre los cimientos de aquella torre, la de Hércules, donde según una de las leyendas dice, que el héroe enterró la cabeza del gigante Gerión, al que venció en combate.

Estos antecedentes, que dan imagen de lo cuentero que podía ser el irlandés, aunque muy interesantes, no vienen ahora al caso, puesto que este narrador, solamente se ceñirá al tema del título. Comencemos pues con Cosas de Brujas.

El que más y el que menos, sabe del apego que las brujas sentían por ciertos animales domésticos. A los sapos, los solían vestir con terciopelos, adornarlos con cascabeles, coronas y joyas, y hacer que bailasen al son. Los campesinos los temían, pues con su saliva, las brujas elaboraban ungüentos de invisibilidad. Por ello, quemaban a los que tenían cuernos en la frente, símbolo de los ayudantes de Satanás. Apreciaban sin embargo, la habilidad o el don para adivinar, antes de que el oído humano lo sintiese, el trueno lejano, demostrando con saltos, señal inequívoca, la llegada de la tormenta.

No es lo mismo, el gato negro de tú propiedad, que el gato ajeno que se cruza en tu camino, señal de mal augurio. Las brujas utilizaban los gatos negros para sus trasformaciones, pues comúnmente era sabido, que Satanás se encarnaba en ellos. Además, el gato inquietaba por lo misterioso de su mirar; pupilas alargadas de día, redondas durante la noche. Se decía de ellos, que sorbían el aliento de los niños por la noche, que corrían y saltaban cuando iba a hacer viento, que se sentaban de espaldas al fuego cuando barruntaban heladas, o que iba a llover porque se lavaban las orejas

Dicen que soñar con una serpiente, significa el rencor que alguien nos guarda, y si el sueño se repite, habrá que andarse con cuidado. La serpiente era uno de los animales favoritos de las brujas, por su relación con el demonio desde los albores de la historia. Su temible aspecto alejaba a los curiosos, pudiendo así ellas dedicarse a sus asuntos sin interferencias, añadiendo también cabeza o cola al caldero de pócimas, según conviniera.

¿Quién no ha querido tener una pata de liebre o de conejo como amuleto? Símbolo de la fertilidad, una pata de liebre significa no solo la procreación, significa la buena suerte para el que la posee. Sin embargo, la liebre era aliada de las brujas, alguna de ellas viajaban bajo esa apariencia. También viajaban volando sobre escobas, ruecas y otros instrumentos gracias a las pomadas que se untaban. Hacían estas a base de grasa o unto de niño pequeño no bautizado. Puesto al fuego un perol de cobre con agua, se introducía hasta hervir la grasa, aderezada con acónito, belladona, sangre de ratón, cicuta, mandrágora y flor de amapola, todo en la debida proporción.

Os contaré uno de los cuentos que el irlandés enseñó a la abuela, y ella a sus nietos, y que trata sobre este de último de los animales relacionados con las brujas.

Una gélida mañana de hace mucho, mucho tiempo, en una tranquila aldea de Irlanda, se dio un caso insólito. Rodeada por un seto, un granjero tenía una parcela donde apacentaba sus cuatro vacas. Cansado de que alguien durante la noche le robara la leche, dejando además los animales heridos, decidió montar guardia para descubrir al ladrón. Mientras los aldeanos parecían dormir en sus casas, él, cogió para resguardarse una manta, la guadaña, y se dispuso a vigilar lo que le pertenecía. Inmóvil permanecía ojo avizor a cualquier ruido y movimiento. Vio, a la luz de la lechosa luna, posarse un búho en la rama de un árbol. Desde aquella distancia, podía apreciar el movimiento rotativo de su cabeza, e intuir sus escrutadores ojos en busca de una presa que no apareció. Fue lo único digno de mención, el ave se fue por donde vino tan silenciosamente como había llegado.
Las estrellas y la luna fueron palideciendo, absorbido su fulgor por la incipiente aurora. De pronto, entre la neblina emanada de la tierra al empezar a calentarse, apareció una difusa forma que se fue acercando. Una liebre de sedosa piel grisácea se sentó sobre los cuartos traseros, ojos brillantes, orejas atentas al menor rumor, nariz inquieta husmeando el posible peligro. El aldeano observaba inmóvil, a contra corriente del suave viento, de forma que ella no lo podía olfatear.
Cuando la liebre comprobó que no había peligro, correteó entre las vacas que estaban acostadas, y saltando para llegar a las ubres de las que estaban en pie. El granjero, que no daba crédito a sus ojos, se levantó raudo blandiendo la guadaña para tratar de derribar aquella mies de pelo y carne. El chillido de la liebre le hizo creer que la había decapitado, más al girarse, vio como se escurría entre el seto. Encontró sin embargo en el suelo, una pata cortada por la articulación. Tranquilizó a sus vacas, recogió la pata, y guadaña al hombro comenzó a seguir el rastro de sangre que la orejuda dejara.
Contrariamente a lo que pensara, el rastro de la liebre no se adentraba en los campos de cebada para esconderse, una gota aquí otra allá, se encaminaba hacia la aldea. Se adentró por las callejuelas, atrás quedó su casa, la iglesia, la fuente... El humo comenzaba a salir por las chimeneas y esparcía el olor de la leña, los tejados goteaban la derretida escarcha calentada por el sol, todo estaba tranquilo, alguna puerta se abría dando paso a los madrugadores, mientras nuestro hombre proseguía su camino en pos de la liebre. Llegó hasta la antojana de una casa, a la derecha estaba el corral. Se acercaron curiosas las ocas mientras los patos indiferentes buscaban caracolillos, escargataban las gallinas y cantaba el gallo de vez en cuando, pero de la liebre, ni rastro. 
Apoyó la guadaña junto a la puerta, y abriendo el cuarterón superior, llamó por su nombre a la viuda que allí moraba. No recibió contestación. Desde la puerta pudo contemplar el orden y limpieza con que mantenía la casa, en una esquina la rueca, el huso y un cesto con lana cardada, los peroles y sartenes de cobre bruñido, la matanza colgada de la parhilera al humo de la chimenea, los ramos de plantas aromáticas secando...
Llamó de nuevo, y nuevamente la callada por respuesta, entonces, entró. Una habitación se abría al fondo, se asomó. La mujer se hallaba en un rincón, de espaldas y lanzando lastimeros quejidos.
Quiso preguntar él lo que le pasaba; ¡Aislin! ¡Aislin!  ¿Sucede algo?
Entonces ella se volvió. El rostro, con una mueca de insufrible dolor, estaba ceniciento, contra su pecho apretaba un bulto sanguinolento que extendió hacia el aldeano farfullando algo. Viendo el muñón sangrante, el hombre reculó, apartó sus ojos de aquellos ojos enfebrecidos y se santiguó.
-  ¡Dios santo! ¡Eres una bruja!
- ¡Dame la pata de la liebre! ordenó ella.
Pero el aldeano, antes de echar a correr para advertir al pueblo, le dijo:
- ¡Ah no! La conservaré como señal de buena suerte.

Con aquello dio por terminado el cuento la abuela, y yo, en mi candidez, me atreví a preguntar:
 - Abuela ¿por qué la pata le daría buena suerte?
- Sencillamente, porque el hombre en su vanidad, presumiría de ser él el que descubrió e hirió a la bruja, ganando con ello fama y dinero.