lunes, 19 de febrero de 2018

Las mujeres del Coronel Sito.


Aquel año había llovido mucho en otoño. Incluso en enero nevó sobre las cumbres de la Bética. Un riachuelo que allí nace, recoge también las aguas de los regatos que se formaron, y todos juntos en uno, riegan las extensísimas tierras de la Marquesa del "Panpringao", siete títulos nobiliarios, condecoraciones y cruces heredados de sus ancestros, y casada con el Barón de "Talyqueseyo", otro que tal baila, y que en su vida habían dado palo al agua.

Para que tal caudal no se perdiera, un tatarabuelo de la noble, había mandado construir una presa. Con ella darían de beber en los tórridos veranos, a las numerosas cabezas de ganado que pastaban entre la dehesa y el olivar. A estas alturas del año, finales de mayo, estaba a rebosar.
Era el muro de cierre de la vaguada, de sólido granito, no más de tres metros de alto y unos treinta de largo. En el centro, una compuerta, por medio de un artilugio, abría paso a las aguas a voluntad. Solamente se necesitaba que el mulo anduviese un trecho, para que la soga amarrada al horcate de la collera se tensara y se izase la compuerta, A más trecho caminado, más apertura.

Un kilómetro aguas abajo de la presa, Andrés, al que decían Sito, tratando de que los cerdos aprovecharan alguna bellota que hubiera quedado de la montanera anterior, pasaba todos los días el vado conduciendo la piara hasta el encinar. Siete años, pantalón corto atado con un solo tirante, camiseta de indefinido color y manga corta. Al niño, bastante escuálido y menguado de talla, le rapaban el pelo una vez al año, al igual que a las ovejas, y también por ese tiempo. Solían dejarle una pequeña moña en el frontal, para distinguirlo de su hermana, un año menor pero con la misma estatura y facciones tan iguales que parecían gemelos. A ella, con la disculpa de los piojos, también la rapaban dejándole la moña en el occipital, decisión adoptada a raíz del intercambio de ropa entre ambos, cosa que no gustó nada a su padre, a pesar de que era de chirigota y no lo que creyera una desviación de su hijo.



Un hijo mayor, además de estos, tenían Andrés y Venancia, que como cualesquiera otros de la hacienda, estaban a la libre disposición del capataz. Y todos, cortijeros fijos y braceros esporádicos, hacían lo que el administrador de aquel latifundio mandaba. Los Señores, con pocas preocupaciones, aparecían de cuando en cuando con sus amigos, a pasar días de caza, montar a caballo, o simple paseo por la sierra según les viniera en gana.
Allí para comer había que trabajar, cada cual en aquello para lo que era capaz, y Sito, de momento, solo servía para atender a los cochinos.

Sucedió, que un día el capataz, viendo el cariz de las nubes allá en la sierra,  pensó que iba a haber tormenta aunque en el valle resplandeciese el sol. Dado que la presa estaba llena, mandó que se soltase el agua un par de cuartas. Uno de los peones enganchó el animal y lo arreó un trecho. La compuerta subió un poco y el agua comenzó a salir.
 - ¡Sooo! Mulo, Sooo! Y el animal paró aprovechando para vaciar el vientre. En ese mismo momento, en que la cola está en alto, la boñiga a punto, y el esfínter dilatado, un tábano pica en tan delicado sitio al mulo. Rabiada por el dolor, la caballería emprende veloz carrera soltando coces. La compuerta sube hasta arriba y se empotra contra el artilugio, lo que frena bruscamente al mulo, mientras el agua sale a raudales formando una riada incontenible. En ese momento Sito está con los cerdos en mitad del vado, ve venir a toda velocidad aquella ola gigantesca, y sale a todo correr para ponerse a salvo.
 Aquello fue un desastre, la presa se ha vaciado por completo ante la desesperación del peón que nada puede hacer por remediarlo. Sito se  ha librado de ser arrastrado, pero el agua se llevó a casi todos los cerdos. Con el miedo en el cuerpo, el niño solamente piensa en los palos que se va a llevar, por haber perdido lo que había de guardar. Toma una decisión.
El peón corre a buscar al capataz. Va pensando en su miserable vida, que se ha complicado muy mucho por algo de lo que no tiene culpa. Tal vez lo echen, y tiene cuatro bocas que alimentar. Imagina lo que va suceder con el ganado; vacas, caballos, ovejas... sin agua todo el verano. El río, tras las nieves del invierno y las lluvias de la primavera, va menguando su caudal hasta quedar en un hilo que en agosto se acaba por secar.
El capataz reúne a todos los que tienen dos brazos, sean mujeres, viejos o niños. Hay que llevar sacos, los llenarán con arena y cantos para hacer una barrera que corte el paso al agua que aún lleva el río, hasta que la compuerta esté reparada. Con suerte, los animales se salvarán, pero el verano suele ser demasiado largo.



Andrés y su hijo mayor Antonio, han dejado su trabajo en la almazara, también Venancia, Amparo, Juliana, Tomás, el viejo Tadeo... todos armados con sacos y palas se van hasta la presa. Venancia y Andrés no sienten preocupación por Sito, suponen que estará a la sombra de las encinas con los puercos. Más, al rato de estar afanados con la tarea, Antonio ve subir un par cerdos camino de la porqueriza.
 - ¡Padre, mire allá abajo! ¡Son dos cerdos!
 Y Andrés, que se teme lo peor, echa a correr río abajo hasta el vado. Encuentra alguno ahogado, otros pocos pastando, pero de Sito no hay ni rastro. Tres días lo han estado buscando por las orillas. No aparece. El capataz ha retirado al personal, que tiene sus obligaciones. El administrador ha dado permiso a los padres para que continúen buscando a su hijo, otros cuatro días más. Si no aparece, habrá que darlo por perdido.
Venancia, la madre de Sito, lo anduvo buscando infructuosamente desde su desaparición en 1919 hasta el 29. Diez años en los que recorrió ambas márgenes del afluente removiendo la maleza con un palo, hasta su desembocadura en el Guadalquivir. Luego abandonó.
Para entonces, Sito debería tener diecisiete años. En realidad los tenía, y estaba a punto de conseguir una meta importante.

Caminando, caminando, en una huída de la supuesta paliza que le esperaba, pidió limosna, robó algo que llevarse a la boca, y al fin, tras un largo año de negro peregrinaje, encontró acomodo como asistente de un militar y su esposa, que le tomaron cariño. Este hombre, teniente, le enseñó a leer y escribir, y siendo él del arma de artillería, cosas relacionadas con su oficio en la milicia para la que Sito parecía tener vocación.
Pronto el militar consideró que se manejaba con la soltura necesaria, enviándolo a la escuela sin temor a que los compañeros se burlasen de él. En la casa, Sito atendía las necesidades de la señora, aquejada de una ferropenia contumaz que le impedía esfuerzos normales para cualquier persona. Él, capazo en mano, hacía la compra, tendía en la azotea la ropa lavada, o subía el carbón de la carbonera, y otras necesidades sin dejar de lado los estudios.
Como teniente, Marcos le traspasaba sus conocimientos matemáticos, de telemetría, de balística, referenciado a los fenómenos y conductas producidos por los proyectiles dentro y fuera del arma. Para ello, además del cálculo, necesitaba saber física y química y la forma en que se comportaban todos aquellos elementos. La intención del militar era proporcionarle cuanto su saber alcanzara, para que consiguiera aquello que Sito deseaba.

En 1930 Andrés Medina Del Campo, apellidos ficticios que él se pusiera de niño para que nadie le encontrara, tomados de unos carreteros que hablaban de ese lejano lugar, que decía tener dieciocho años, apadrinado por su protector, ingresó en la Academia General Militar para estudiar los cinco cursos reglamentarios, los tres últimos en la especialidad de artillería, con los que saldría como oficial y con destino.

Anhelaba Sito contarles aquello a sus padres siempre en su pensamiento, pero, ni recordaba sus verdaderos apellidos, ni sabía decir de donde era; pueblo, ciudad, hacienda, puesto que jamás había salido del cortijo. Por el mote por el que conocían a la Marquesa, del Panpringao, en el caso de que lo fuera, imposible saber de quién se trataba. No obstante, Marcos, ya en la reserva con grado de capitán, anduvo buscando una finca de similares características a la que el chico recordaba, desde Murcia donde residían, hasta Valencia por el norte, y hasta Granada y Málaga por el sur, sin resultado positivo.

Estando en el último curso Andrés, conoció a la que sería su primera mujer, de nombre Alicia. Venían siendo tiempos complicados para la política con continuos cambios de gobierno y ruido de sables. En este año del 35, sucedieron trágicos sucesos en Aznalcóllar entre falangistas e izquierdistas, en mayo José Antonio Primo de Rivera en El Gran Teatro de Córdoba, arenga a la multitud recordando estos sucesos, y el general Francisco Franco es nombrado jefe del Estado Mayor Central. El ruido de sables se acentúa. Sin embargo, Sito quiere casarse.

Era Alicia una muchacha un tanto mística, que apenas salía de casa debido a un problema cardíaco. A Sito se la presentaron a la salida de un funeral al que él había ido por acompañar a un amigo. Morena de pelo, era su tez de un blanco casi nacarado. Manos delicadas, dedos largos y huesudos, y, tanto las venas de estas como las de las sienes, de un azul verdoso, motivo por el cual se producía una especie de iridiscencia en su rostro. Largas pestañas, ojos negros en una cara de ovalo y dentadura perfecta y bien proporcionada. Labios carnosos, a veces rojos  sangre de toro, que dejaban ver una sonrisa tímida pero frecuente. Muy culta, interpretaba a menudo a Beethoven, siendo la sonata Claro de Luna, la que más le gustaba, aunque en ocasiones en que deseaba lucirse, lo hacía con La Patética.

Sito, quedó prendado al momento. Y al momento se dio cuenta de que él no era para ella. Siempre había sido canijo, los años no lo mejoraron mucho, con esfuerzo, erguido cuanto podía y con alzas, no llegaba al metro sesenta y ocho centímetros. Ella le sacaba casi la cabeza.
A pesar de todo, a Alicia, que vivía con su madre, viuda de un juez de Segovia, no le desagradó el alférez enfundado en su traje de paseo, con aquellos vistosos cordones que pregonaban la condición de alumno de la academia. Desde luego era más apuesto su amigo, pero ya sabemos que el amor es ciego. Y aquello fue un flechazo en toda regla.

Sito, no se atrevía a dar el primer paso, pero aquella joven, lo llevó aparte, y con soltura le preguntó:
- Siempre me he preguntado el significado o la utilidad, de esos cordones que llevan los cadetes. ¿Me lo dirá usted?
- Con gusto, señorita. Son un distintivo que todo alumno de cualquier academia militar debe llevar. Se cuenta, que en las guerras de Flandes, disgustado por la falta de arrojo de las tropas auxiliares flamencas, el Duque de Alba pensó castigarlas con la horca. Ellos, contrariados por lo que consideraban una injusticia, se colgaron al cuello una cuerda con un clavo para facilitar el castigo. Al parecer, las acciones posteriores de aquella unidad fueron dignas de mérito, pasando los cordones a ser un atributo distintivo y notorio para la unidad que lo portaba.


Sito, sería pequeño y hasta feo, pero a labia y agudeza de ingenio, pocos lo ganaban. Se metió a la chica en el bolsillo como se suele decir, se hicieron novios y comenzaron a planificar para un futuro a la vuelta de la esquina.

Marcos no cejaba en el empeño de buscar a los padres de Andrés. Al extender el plano sobre la mesa, se podían apreciar los pequeños círculos rojos de pueblos y ciudades donde había estado y preguntado. Al contemplarlo una vez más, se dijo:
- Soy idiota, he estado dando palos de ciego aquí y allá, guiándome por recorridos que un niño pudo hacer andando, sin darme cuenta de que en un año se puede andar mucho... o casi nada. Pero no era ese el camino.
Y se fue a la biblioteca de dónde sacó un listado de títulos nobiliarios. Trató de averiguar las posesiones de cada uno de ellos, descartó aquellos que no poseían fincas en la mitad sur de España, descartó también los que no tenían tierras dedicadas a olivar, los que solamente poseían pequeños terrenos, y así...

 











Andrés es el cuarto de su promoción. Van a entregar los despachos, él, ha solicitado como destino Marruecos. Se irá probablemente a Melilla, tras unos días de permiso. Desde la formación, sin mover un ápice la cabeza, escudriña la tribuna y sus aledaños donde están las gentes que han ido a ver el acontecimiento. Cuando rompen filas, busca a Marcos y a Pilar que no se ha querido perder tal ocasión, aunque le dé un soponcio. También a Alicia y a su futura suegra Leonor. Se lleva una sorpresa. Una joven, a todo correr, se arroja en sus brazos.

-¡Sito, Sito querido! Y él, que no ha reconocido la figura, sí ha reconocido la voz de su hermana. Uno tras otro aparecen sus padres, su hermano Antonio, el marido de Carmen, tractorista en la hacienda, y sus dos niños. Marcos, Pilar, Alicia y Leonor, se han quedado un poco rezagados, los ojos cargados de lágrimas de felicidad al ver la escena de aquél reencuentro.

Se casaron Andrés y Alicia quince días después. El convite, lo ha pagado la señora Marquesa de Torre Alta, aquella a la que despectivamente llamaban del Panpringao, y que también ha corrido con todos los gastos de la familia.

Venancia le entregó a su hijo una carta de felicitación:

"Toda la felicidad para el niño más inteligente y listo de cuantos nacieron en la hacienda, y su esposa. Has estado en mi pensamiento desde el día en que me comunicaron tu desaparición, y no he dejado de culparme, por permitir cosas que en otros lugares aún se continúan haciendo"

Su hermana Carmen, le contó cuánto habían cambiado las cosas en el cortijo desde su desaparición, recordando quizá la marquesa, al hijo menor ahogado en un pequeño estanque.

 














- Cuando fuimos a protestar, continuó la hermana, a Doña Marina de La Hoz y Beltrán, marquesa de Torre Alta, por el mal trato y la menguada paga que se recibía, ella nos echó una arenga:

-¿Qué es lo que se me reclama? A mí, la marquesa del Panpringao todo junto. ¿Acaso no coméis el pan de MI trigo, la carne de MIS vacas, corderos y puercos, el aceite de MI almazara? ¿No tenéis huertas en MI tierra, donde se cultiva toda clase de hortalizas para VUESTRO consumo particular? Y, ¿no se os pagan MIS buenas pesetas como soldada?

 - A todas aquellas interrogaciones, respondió el viejo Tadeo:

- Señora marquesa, aquí todos somos analfabetos, pero no ciegos. Su administrador nos debía de pagar una miseria por día, pero siempre nos descuenta por esto o por aquello y todo queda en  cuatro reales. De la carne que dice nos comemos, carne de los animales que se desgracian, ni la vemos; la vende a un tratante. Es cierto que hacemos el pan con el trigo que hemos sembrado, y gastamos del aceite de las olivas que cuidamos, recogemos, transportamos y machacamos. Aquí no hay horario, si a una yegua o una vaca le da por parir de noche, nosotros velamos. Mire usted bien las cuentas, pues el que roba a un pobre, ¡que no le hará al rico!

Y ella, convencida, echó las cuentas y despidió al administrador en el mismo momento que comprobó quien le robaba. Le dijo que cogiera a su mujer y sus hijos, la chaqueta,y nada más. Llamó a su  hijo que había estudiado agricultura en Texas, dos años sabáticos se había dado, y lo puso al frente de la hacienda. Con él, llegó la modernidad; el tractor suplió al arado tirado por mulos, la cosechadora a las cuadrillas de segadores ambulantes, y otras mejoras que beneficiaban al personal; mandó remozar las casas que aún tenían piso de tierra, y fue por orden de su madre, que de la estancia donde antes dormían los eventuales, se hiciera una escuela con una maestra para que todos pequeños y mayores, fueran alfabetizados. Se les subió la paga, para que dejaran de ser unos andrajosos - por la pinta del criado sabrás como es el señor - concedió un cerdo al año para cada una de las familias, aparte de las reses que necesariamente hubiera que sacrificar. Aquellos gastos, se amortizaron en dos años. Tanto era lo que el administrador robaba.
La marquesa dejó de ser llamada del Panpringao, y no era de extrañar que pareciese paternalista; en verdad lo era, pues además de mejorar las condiciones, mejoró el trato, conociendo a todos sus empleados por nombre y mote, cosas que de las que antes ni se preocupaba.

 











Para la noche de bodas, Sito iba preparado. La primera y única discusión entre los novios, fue a cuenta de los futuribles hijos. Alicia deseaba tener al menos dos, pero Andrés, conocedor por Leonor de la enfermedad congénita que padecía, y asesorado por el médico familiar, no estaba dispuesto a correr el riesgo de perderla. ¡Era tanto lo que la amaba!
De convicciones firmes ambos, maquinó un sencillo plan; buscar un método anticonceptivo. Aquella primera noche, Alicia temblaba bajo la sábana como flan en plato movido por un tren de mercancías que pasara junto a la puerta. Andrés recordó su primera vez con Trini, la meretriz que lo abordó con la promesa de un rato agradable.

- ¡Vamos, apuesto militar, que a vosotros os lo doy a mitad de precio!

 Y Sito subió con ella al piso entre ardiente y apocado. Experta y con años de oficio, se dio cuenta al instante de su virginidad, lo trató con delicadeza y mimo, y cuando ya se despedían, le dio estos consejos:
- Cuando vayas con una mujer,  fíjate bien en su limpieza, que no lleve muchos afeites, y en sus maneras. Jamás regatees lo que te pida, al fin y a la postre, ese es su trabajo y pone el precio que cree justo por él para poder comer. Si no te conviene, con un "no gracias", asunto zanjado. Pórtate al igual que conmigo lo has hecho, y vuelve cuando quieras.

Y Andrés volvió. Se hicieron amigos. A veces él andaba escaso de fondos, a ella no le importaba, sabía que cuando era todo lo contrario, se portaba con largueza y no le faltaba un regalo.
Ahora le correspondía a él enseñar, mimar, y tratar con toda la delicadeza de que fuera capaz. Con tiernas caricias que dieron paso a la incontenible pasión, llegaron al paroxismo de una noche inenarrable.

En septiembre del 35, Andrés Jordán Martínez alias Sito, recuperados sus apellidos, se encontraba en Melilla, pero vamos a pasar por alto de un plumazo los años de la guerra. Al fin y al cabo esta narración trata de las mujeres que pasaron por su vida.

En julio del 39, Sito es un joven capitán que vuelve a casa de permiso. Durante este tiempo, ha ido de vez en cuando desde distintos frentes, la última vez en las navidades. Su sorpresa fue mayúscula. Alicia tenía una barriga redondita y casi a punto; le faltan unas nueve semanas por su cuenta. Sito se pregunta como ha sucedido aquello, cómo ha podido cometer tal error. Ni siquiera se le pasa por la imaginación una infidelidad. Antes de que salga de su asombro, su mujer le dice lo que ha sucedido.
- Durante todo este tiempo me has querido tener engañada, pero mi mojigatería no iba tan allá. Así que, descubierta tu trampa, yo hice la mía; pinché con un alfiler los preservativos que utilizabas, y por fin me quedé embarazada.
 - Alicia, reprocha él ¿cómo se te ocurrió tal cosa? ¿Sabes a lo que te expones?
 - Andrés, nadie sabe el día ni la hora. Lo que tenga que pasar, pasará. Si es para bien, mejor, si sucede lo que temes, lo siento. Yo tampoco lo deseo, pero un hijo tuyo para mí, es el culmen de la felicidad.
Cumplido el plazo, Alicia da a luz un hermoso niño. Avisado Sito, abandona a todo correr el aula donde se impartía un curso para comandantes. Madre e hijo se encuentran bien. El susto se ha disipado. La besa con ternura y tras un rato de felicidad, la deja descansar. Sin embargo, Alicia no volverá a abrir los ojos. Dulcemente se va.

Andrés volverá a Marruecos abandonando el curso, y a su hijo para que lo crie su hermana. Con toda seguridad ha perdido la oportunidad de ascender, pero, ¡qué importa esa nimiedad cuando el amor de su vida ya no le acompañará! Más su carrera militar no ha acabado, aún le faltan peldaños por escalar; en 1960 es teniente coronel. Cuatro años después y tras 34 de servicio, pedirá el pase a la reserva. Entre medias, ha tenido otro hijo con una cantante, Lola de Antequera, que actuaba en un local de Tetuán. La relación ha durado unos años, hasta el nacimiento del niño en el 51. Sito le propone matrimonio. No siente amor, pero sí una obligación moral para con ella. Más sabedora Lola que él precisaba una licencia especial para contraer matrimonio, a conceder por el Ministro del Ejército, y dados los antecedentes que esgrimirán en su contra: Dudosa moralidad de la novia, irreligiosidad, y escasa afección al régimen, se quita de en medio llevándose el niño. Sito no la volverá a ver nunca, aunque mantendrán una relación postal desde distintos países hispanoamericanos, de donde le envía fotos de su hijo.

Al pasar a la reserva en el 64, con grado de coronel, es propuesto como director de departamento de aceros en una siderurgia radicada en el norte del país. Avalan este nombramiento, su sobresaliente preparación en metalurgia, el probado don de mando y su capacidad organizativa. No es el primer militar con que cuenta la industria.












El despacho de Andrés tiene las dimensiones de una cancha de tenis. Más él lo pisa poco. Le gusta más el contacto con los trabajadores, colocarse la pantalla para ver por la mirilla el baño de acero fundido y el color de la llama. Le gusta ver cuando sale la colada, la carga de los hornos, a los albañiles haciendo aquel trabajo inhumano, de revestir de ladrillo refractario un horno aún caliente, y teniendo pegado pared con pared, otros a derecha e izquierda en plena efervescencia.

En un despachito contiguo, está la secretaria Conchita, Chiti para los íntimos. Ella, veterana con años de experiencia, le pasa las visitas, prepara las reuniones ya con los ingenieros, ya con personalidades. Entra en el despacho del jefe, con un toquecito en la puerta y después de dos años, un día se decide a hablar de sus intereses particulares.
- Don Andrés, tengo cuarenta años, soy soltera... y he visto que a menudo me llama por nimiedades. Me da en la nariz, que le gustan mis piernas.
- ¡Señorita!
- Usted perdone el atrevimiento, pero, quiero pedirle el traslado. No ponga esa cara, no es por ese motivo, es que, usted me cae bien, muy bien. Y no quiero que la atracción que siento, vaya a más.
¡Por favor, Concha! No me abochorne.
- Debiera ser yo la abochornada por decirle esto, pero una vez dicho, he de añadir que no soy la buscavidas al uso. Es notorio que en esta ciudad, y más en esta empresa, los hombres creen que las secretarias solamente trabajamos aquí so pretexto para encontrar un marido bien situado. Alguna, ha cometido errores de esa índole que les ha costado caro, pero la mayoría, solo buscamos un sueldo. Es por ello que quisiera me de la libertad de encontrar otro puesto lejos de usted.
- Bien. Ha sido sincera conmigo y yo lo seré con usted. Primero; tengo cincuenta y tres años, soy viudo y tengo dos hijos de dos mujeres distintas. El mayor es militar, tiene veinticinco años, el segundo trece y solamente lo veo una vez al año. Vive con su madre en Venezuela y no estoy casado con ella. Segundo; es cierto, me gusta, me gusta usted mucho, pero sería indecoroso por mi parte, ponerla en una posición incómoda, tanto si le tiro los tejos, como si hago lo contrario. Pero tengo una forma de arreglarlo. Usted haga la petición de traslado por escrito, elija el puesto. A partir de ese momento, empezaremos a conocernos mejor, fuera del trabajo. ¿Le parece bien?

Seis meses después, Andrés y Concha se casaron. Ella dejó de trabajar a los cuatro meses de embarazo. Tuvieron, con gran esfuerzo de la primeriza y cuarentona madre, una hija. Al año siguiente tuvieron otra, esta vez con más facilidad.

Andrés Jordán Martínez más conocido por Sito, padre amantísimo de sus cuatro hijos, esposo enamorado por segunda vez, murió un día del mes de octubre del año 1974. Había vivido la vida plena que todo hombre podría desear para sí. Había sido amado con pasión por varias mujeres, querido por otras. Había tenido dos hijos que tratarían de imitarlo, y dos hijas que fueron su alegría.

Si hubiera visto su entierro, seguramente se habría fijado más en aquellos que le quisieron y ahora lloraban, que en las autoridades civiles, militares, y hasta religiosas. Allí estaban sus ancianos padres, la señora marquesa más anciana aún, hermanos y sobrinos, la Trini; prostituta retirada, Lola Guzmán; "Lola de Antequera", amante.  Sus dos hijos varones y las niñas con su madre Chiti. Solo le faltaban, Alicia, el gran amor de su vida, y sus padres putativos Marcos y Pilar.




lunes, 12 de febrero de 2018

Matar es fácil: Planificación al dedillo.




Hay quienes planifican su vida al dedillo sin darse cuenta de que esto es imposible. Lo podrán hacer para un momento o situación cercana, incluso prever para una fecha determinada, algo que desean suceda. “Yo haré periodismo porque es lo que me gusta. Por ejemplo. Que suceda o no, depende de factores que en muchos casos, se escapan de nuestro control. Es posible que la meta que buscabas, quede demasiado lejos y no llegues; No tienes recursos pecuniarios, es más difícil de lo que esperabas, encontraste un trabajo bien remunerado y abandonaste... ¡Quién sabe!

Pues bien, por muy planificado que esté un crimen, en contadas ocasiones se logra el cien por cien lo que se esperaba. Es cierto que a veces se supera, estoy seguro de que los que planificaron el atentado de las Torres Gemelas, ni de lejos soñaban con tan gran hecatombe. Pero dejando a un lado la lacra del terrorismo donde un muerto ya es una victoria, un crimen, o una serie de ellos, solamente en raras ocasiones, por muy bien que esté planificado, logrará el fin último: Quedar libre del castigo que se merece.
Sin embargo, con o sin planificación, matar es fácil. Demasiado fácil como vemos a menudo. Los hay, que ni siquiera lo necesitan, puesto que ni su propia vida les importa. Entre ellos se encuentran aquellos que se ciegan ante un “te dejo” asestan cuatro puñaladas a la madre de sus hijos, y luego se tiran por la ventana.
Hay asesinos que creen planificar el asesinato al dedillo. Se procuran coartadas sutiles, con la vana y efímera ilusión de que no serán descubiertos. Pero antes que tarde, la verdad siempre se descubre.

Pasaba el tendero por ser uno de los ricachones del pueblo. Y en verdad lo era. ¿Cómo? Bueno, la cosa tenía una explicación comprensible; nadie le hacía competencia, de todo vendía y siempre bastante más barato que sus pocos competidores. Desde alpargatas a trajes de señora y caballero, o desde la humilde lenteja al más sabroso jamón. Además, vendía al fiado. Cosa ésta que habría que mirar con detenimiento.

Los peces, como otras especies, tienen sus hábitos migratorios. El boquerón o bocarte, el bonito, etc. suelen recorrer el Cantábrico de este a oeste, siguiendo la costa desde el golfo de Vizcaya. Todos los años por las mismas fechas hacen su recorrido, entonces los pescadores de bajura, de las distintas provincias, aprovechan el paso de los cardúmenes para salir a faenar cerca de casa. A esto, se le llama costera y hay tantas como especies migratorias.

En aquel pueblo marinero, no había muchas pagas fijas, las de la fábrica de pescado y no siempre, y un par de docenas de funcionarios. Gracias a las costeras, hombres y mujeres ingresaban lo ganado a tirones: Costera del bonito, ingreso, costera de la anchoa, ingreso, sardina, xarda....ídem de lienzo. Pero entre costera y costera, ni unos ni otras ingresaban. Entonces recurrían al fiado que era abonado cuando llegaba el final de cada costera.

Martín, el tendero, anotaba -iba a decir religiosamente, pero sería pecado- en las cartillas los débitos; una clienta, una cartilla con fecha, artículos, precio y suma. Esas cartillas las colocaba en la estantería tras a la caja registradora.
Sucedió, que un día, el tendero apareció muerto alevosamente tras el mostrador. La guardia civil del pueblo, enseguida llegó a una conclusión: El crimen fue resultado del robo. La caja estaba abierta, y ni una perra gorda en el cajón. Casi con toda seguridad, cuando el robo se perpetraba, el ladrón, o ladrones fueron sorprendidos por Martín que vivía en el piso sobre El Colmado. Para no ser descubiertos, le atizaron un golpe con la palanqueta utilizada para descerrajar la puerta.
Lógicamente, los de siempre fueron llevados al cuartelillo; un par de sempiternos  borrachos y cuatro gitanos; todos tenían coartadas fiables y hubo que soltarlos. 
De la capital ha llegado el señor juez y la policía. Las suposiciones de los guardias, le parecen plausibles al juez que manda levantar el cadáver. Sus técnicos, con esos polvillos que dejan aparecer las huellas, ya están tirando de brocha sobre puerta, caja y mostrador, y se llevan el arma utilizada. El forense fija la hora de la muerte hacia las dos de la mañana. La esposa declara, que hacia las seis de mañana despertó sola en la cama, creyó que su marido estaría en el baño, dio media vuelta y siguió durmiendo. Fue hacia las ocho, que tras buscarlo, bajó la escalera y lo encontró.

Dos días después, la mujer abrió la tienda. La vida continua, hay que comer, y las clientas hacen la compra. María “La Larga” ha comprado por valor de ochenta pesetas con cincuenta y cinco céntimos. Me lo apuntas, le dice a la tendera. Y ella da media vuelta para buscar la cartilla, y con espanto ve la repisa vacía. ¡Madre del Divino Verbo! ¡Por lo menos setenta cartillas desaparecidas! Hace la cuenta mentalmente, setenta por unas setecientas u ochocientas pesetas de media... ¡Casi cincuenta mil pesetas de mi alma! ¡No puede ser, las habrá cambiado de sitio! Pero por más que busca, no las encuentra. De inmediato se quita el mandilón, cierra la tienda y se va hasta el cuartelillo. ¡Los ladrones se han llevado las libretas!

Al inspector que lleva el caso, le han dejado un despachito en el cuartelillo donde acude de vez en cuando para hacer algún interrogatorio, o contrastar declaraciones de unos y otros. Si venía dando palos de ciego, ahora la cosa va tomando forma: “Solamente tiene setenta sospechosos del crimen”.

No le cabe la menor duda, que eran las cartillas y no la caja registradora el objeto del robo. Curiosa forma esta de llevar las cuentas, piensa el policía. Lo lógico sería, que el tendero tuviera SU libro donde apuntar el débito, y que las susodichas libretas, las tuvieran las deudoras. ¿Por qué este método?
Juana, la tendera, le explica que todas son de confianza, y resultaba demasiado trajín anotar dos veces lo que se llevaban. Bueno, allá cada cual, pero... ¿Quién aseguraba, que los tenderos fueran de confianza?

- Me va a escribir en un papel quienes compran al fiado.

De las diligencias obtenidas, poco se ha sacado en claro. Es cierto que en la palanqueta había unas escamas de pescado, pero no había huellas. Tampoco las de la registradora tenían alguna que no perteneciera a Juana o a Martín.
Alonso, el policía, aventuró para sí una hipótesis: El asesino ha planificado bien un asunto que resultó mal. Supongamos, dice para sí, que un pescador, marido de una de las clientas, asustado por el pufo que tienen, con la excusa de que está pescando, se queda en tierra. Hacia la media noche, violenta la cerradura de la tienda con la palanca. Tiene intención de llevarse la libreta. No hay libreta, nada se debe. Más, si solo la suya desapareciera, seguro que lo pillan. Así que se las lleva todas. Para despistar, fuerza la caja y se lleva también lo poco que deja el tendero. Martín ha oído algo, baja sigiloso la escalera, pero el ladrón tiene buen oído, en cuanto asoma la cabeza, le da un golpe que resulta mortal. Sin duda él no quería eso, pero sucedió.

Solo resta saber cuántos pescadores han estado esa noche embarcados en los caladeros de Irlanda, Marruecos o Sudamérica. Al resto hay que investigarlos. Con la lista en la mano, solo diecisiete de ochenta y cuatro, permanecieron en tierra, doce de ellos estaban a la merluza en tres lanchas, cuatro salieron en botes de su propiedad y otro estaba en cama con una pierna rota. Ahora sí que la cosa está fácil.

Ha aparecido el ladrón. Un registro en una bodega, perteneciente a uno de los que salieron en bote aquella noche, ha dado como resultado la aparición de las puñeteras cartillas, de las cuales no se pudo deshacer. El hombre confesó; no habiendo podido embarcar para la merluza por una herida en un brazo, se fue a pescar en su bote. Dos horas después de andar al calamar, dio media vuelta, perpetró el crimen y retornó a la mar. Por la mañana apareció en casa con medio caldero de calamares de potera y un par de sargos. Insuficiente, cuatro hijos son muchos, la mujer con gasto en la farmacia y mil ciento cuarenta pesetas al tendero. Imposible pagar.
Con la aparición de las cartillas, de nada le sirvió al criminal la estratagema que había preparado como coartada; dejó flotando una caja de madera, sobre ella, un farol que se encendía por medio de un temporizador de vez en cuando. Para que las olas no la llevasen, la ancló al fondo. Así, los otros pescadores desde sus botes, podrían atestiguar que él estuvo pescando toda la noche.

Por unas míseras escamas, entró el hombre en la cárcel. Pero la historia no acaba aquí. Alonso estudió con calma las libretas, y pudo comprobar, que el tendero vendía barato porque falseaba las cuentas resarciéndose con creces. Juana acabó cobrando las deudas, pero sus clientas la abandonaron, aunque ella quizá no tuviera la culpa.

domingo, 4 de febrero de 2018

La suerte y la desgracia.


Siempre me ha causado cierto desasosiego, la manía que los adultos tienen de preguntar a los niños qué quieren ser de mayores. Pillados por sorpresa, y mirando de reojo a sus padres, los hay que apuntarán hacia la profesión de ellos. Otros, influenciados por alguna figura sobresaliente, muchos de ellos deportistas, sueñan con imitarlos. Cuando a mí me hacían tal pregunta, siempre me quedaba callado. Yo no sentía vocación alguna, solamente quería, como tantos otros, ser niño para siempre. Quedarme en los cinco años y que todo siguiera días tras día, de forma similar a la vivida hasta entonces.
Visto desde este momento en que ya he recorrido gran parte del camino, estoy seguro que no pretendía, al igual que en El día de la marmota, repetir una y otra vez la misma situación un día tras otro. Yo quería un imposible; que todo fuera distinto, pero sin crecer, sin cambiar lo que a mí alrededor había.

Con ocho años, mi amigo Juan Sebastián Carpio, tuvo una dislocación de tobillo muy dolorosa. Lo llevaron a un curandero que con maña lo arregló. A partir de aquella fecha, Juan tuvo claro lo que quería ser. Intuí yo, que él lo lograría, pues ya en aquel tiempo me había fijado, que los hombres y mujeres con un nombre rimbombante, medran. Yo solo me llamo José y me dicen Pepe, pero Juan Sebastián... ¡Menudo nombre! ¡De persona importante!

Juan Sebastián, al que nadie llamaba Juanito, cosa distinta hubiera sido de no llevar el epónimo Sebastián, estudió medicina con especialidad en trauma gracias a la fortuna de su padre, un humilde chocolatero que la logró por obra y gracia de un invento; tabletas de chocolate relleno de caramelo líquido y carbonatado que explosionaba deliciosamente en la boca. El hombre, llegó a tener una fábrica al estilo de Willy Wonka, pero además de ideas, tenía otra cosa; jamás influyó en su hijo para que siguiera la tradición familiar. Una vez elegida la profesión, lo alentó, apoyó y admiró, reconociendo el merito de Juan Sebastián cuando el "chico" montó una pequeña fábrica de prótesis que él mismo diseñaba.

Pero aquello no era suficiente para Juan Sebastián, su pasión por los cómics de superhombres, le llevó a constatar, que por muchas hazañas que llevaran a cabo, los trajes que portan casi siempre permanecen intactos. Qué bueno sería, pensó, fabricar un traje, no ya que fuera indestructible, si no que sirviera para recuperar a los parapléjicos. Y se puso a pensar en la forma de confeccionarlo.

¿Qué hacía yo mientras tanto? Pues aparte de añorar tiempos pasados, no sé si mejores, continué con la rutina de una vida anodina; ningún estudio ni afición relevante, por lo que el viejo me destinó aburro de carga. Así me convertí en Pepe el de las gaseosas, oficio y negocio en el que ayudaba a mi padre... ¡cuán distinto del de mí amigo!
Celoso de su nimio saber, el mío, guardaba para sí las fórmulas y porcentajes de sus mejunjes en espera, sirva esto para disculparlo, de que yo me hiciera "mayor" y que mientras tanto acarreaba las cajas de bebidas. Para él mi mayoría nunca llegaba, y visto lo visto, yo me dejaba ir.

En aquélla pequeña nave de ciento cincuenta metros cuadrados, nada había cambiado en cuarenta años. Acaso, que había gaseosas de naranja, limón, pero en esta innovación del tiempo la nana, yo ni siquiera había participado. Se cambió el carro y el caballo de reparto por una camioneta italiana de cuando la guerra, que consumía demasiada gasolina y siempre estaba en el taller, se compró una sencilla máquina para lavar botellas y poco más. En vez de modernizar en condiciones las instalaciones cuando se pudo, en vez de promocionar el producto; "Más difícil es vender sin anunciarse", nos quedamos estancados. Luego, la llegada de distintas multinacionales nos ganaron la partida. Las gentes modernas ya no tomaban tinto con sifón y era más esnob, el tomarse una admirable y maravillosa, significado en esperanto de Mirinda, que un "Oranje" aunque llevaran el mismo agua carbonatada y los polvos de la madre celestina para teñir y saborizar.

Dinero llama a dinero, pero siempre lo mucho a lo poco, de modo que mientras la fortuna de la familia de Juan Sebastián crecía exponencialmente, la nuestra tuvo un cierto auge en los años sesenta que no supimos aprovechar.

Es posible que alguien al leer este relato, crea que tenía envidia de mi amigo. No es así. Cada cual tiene en la vida aquello que se merece, y así lo entendía yo. A pesar de la distancia social entre ambos, él rico, afamado, casado con una belleza, yo tirando, soltero y viviendo con los padres, continuábamos siendo buenos amigos.

Hay quienes dicen, que la suerte y la desgracia llegan sin saber cuándo ni por qué motivo. Yo soy de la opinión de que tanto la una como la otra, se la labra cada cual según sus actos. El tiempo no es un factor demasiado determinante, antes o después, llegará la una, la otra, o ninguna de las dos.

Para mí llegaron juntas. Enfermó mi padre de modo que no podía llevar el negocio. Una desgracia que me obligó a tomar la responsabilidad que él nunca me había querido dar... ni yo tomar. Cuando supo que la cosa iba para largo, me dijo donde estaba aquella libreta de tapas de hule, y yo empecé a pencar a fondo. Era eso, o la ruina total.

Podría decir que mi suerte comenzó cuando me tocó el cupón de los ciegos, pero eso solamente fue una ayuda. En realidad, la desgracia del viejo, en cama durante quince meses, fue la suerte para la familia. El dinero del premio me sirvió para contratar un repartidor con un mejor vehículo, promocioné la marca a base de anuncios en la radio local y cartelones en el campo de fútbol y alguna valla, pero la mejor inversión fue una nueva gasificadora, un tren de embotellado más rápido y un nuevo sistema de filtrado. Nuevas herramientas que requerían nuevas inversiones, pero de momento me bastaba. Trabajé duro de la mañana a la noche, y a pesar de la competencia, el negocio fue resurgiendo. Nuevos jarabes salieron al mercado; de cola, piña, papaya y granadina, no muy rentables pero que potenciaban la marca. En la diversificación está el negocio, muletilla que empleaba a menudo el padre de Juan Sebastián.

Cuando mi padre ya convaleciente salió de casa, todas las tiendas de comestibles y bares de la ciudad eran clientes nuestros. En una ciudad pequeña, la tendencia es ayudarse los unos a los otros siempre que no se menoscabe el peculio propio. El viejo quedó anonadado por lo que había conseguido en tan poco tiempo, y cosa extraña en él, me felicitó con los ojos aguados. Nada le había dicho yo de aquella aventura.


Mi amigo Juan Sebastián, hasta el momento no ha conseguido lo que se proponía, pero sé que junto con un neurocirujano, andan de viaje a los Estados Unidos para ver la posibilidad de que les fabriquen unos chips, emisor y receptor, que implantados a ambos lados del corte de la médula, sirvan de puente para restablecer el movimiento a los miembros inferiores de los parapléjicos. La idea básica nació de lo siguiente: Imaginemos un cable con numerosos conductores que ha sido cortado. Es imposible repararlo tratando de soldar uno a uno, pero... ¿y si un chip pudiera recibir la corriente o señal de cada uno, y transmitir esas señales al chip del lado opuesto?  En fin, demasiado complejo e increíble hasta para ellos, pero en eso están, confiando en la suerte.


lunes, 29 de enero de 2018

El mercero, el buey y la cigarra.



Trabajé en una empresa, en la que el amo, con buenas relaciones y hábil negociante, se había embarcado sin tener ni idea de aquello con lo que se ganaba la vida. Dueño de un local, en una época en que tener un coche era privativo, montó, aconsejado por sus amigos, un taller de rectificado de motores. El trabajo abundaba, la maquinaria toda nueva, y el salario que pagaba era bueno. Debía de serlo, pues fue la manera de hacerse con oficiales entendidos, “robados” a sus competidores.
A pesar de ganar más, tener taquillas para el cambio de ropa y aseos, como antes dije, todo del trinque, cosa que no se estilaba, empecé a estar incómodo en el taller. El dueño era un pejigueras que nunca apreciaba lo que se hacía, echándote en cara por el contrario, banalidades estúpidas.
Muy ufano, se complacía enseñando a los clientes un moderno taller. Suelo rojo, paredes con un zócalo azul marino brillante de un metro, sobre este, dos bandas una blanca y otra roja para terminar las paredes y el techo de un blanco inmaculado. Un amplio espacio con bancos de trabajo donde se desmontaban y volvían a montar los motores, las rectificadoras y otras máquinas. Buena iluminación, y un pinche que escoba y trapo en mano, mantenía el local impoluto.
Alguien le apodó el “mercero” porque a su entender, mejor hubiera puesto una tienda dedicada a ello; sus cajoncitos con hilos, botones, presillas y demás, todo bien colocado. Así, no podía ver las herramientas que utilizábamos de continuo, fuera del lugar correspondiente, te llamaba la atención si quedaba una gota de aceite o grasa en las piezas, y cosas semejantes.
Harto de tanta tontería, me encaré con él. Es usted como la mosca cojonera, siempre molestando, sin dejar trabajar a gusto y haciéndonos perder el tiempo con bobadas. Le voy a contar una fábula y espero sepa distinguir, quien de nosotros es el buey y quien la cigarra.
Estaba arando el buey y cerca la cigarra cantando le decía: ¡Hay! ¡Qué surco tan torcido has hecho!
Pero él la respondió: “Señora mía, si no estuviera lo demás derecho, usted no conocería lo torcido. Calle pues, que a mi amo sirvo bien, y él ha de perdonar, entre tantos aciertos un descuido.

El ser un plasta no significaba que fuera gilipollas, de modo que a partir de aquél día, se dedicó a aprender el oficio que le daba de comer, poniendo en valor lo que sus trabajadores hacíamos.


domingo, 17 de diciembre de 2017

Felíz Navidad.


Mis felicitaciones a todos los que habéis pasado por aquí. Que vuestros sueños se cumplan con creces este próximo año.
Un abrazo.


jueves, 14 de diciembre de 2017

Diario tardío y disparatado. (5)


 12 de mayo de 1995.

Perdona querido diario, si abuso de eso que llaman flashback, es cierto que voy de una cosa a la otra sin tener en cuenta las fechas, pero te cuento lo que a la cabeza me viene, y como te digo, una cosa lleva a la otra.
Me he dado cuenta, que de todo lo que voy escribiendo, me falta un actor principal: Don Mateo Argañosa y de Los Llanos, Conde de La Felechosa.


En realidad, a don Mateo se le daba un tratamiento que no poseía, pues los títulos fueron abolidos durante la Segunda República. Como quiera que el padre de Mateo muriera arruinado en el treinta y dos, a la restauración nobiliaria del cuarenta y siete, le correspondía el título a su primogénito Mateo, pero éste renunció a tal honor. Por aquellas fechas, no quedaba más patrimonio que la casa solariega, unas parcelas en las afueras de La Villa y el Montiquín que vendió a mi abuelo Joaquín. La venta fue simbólica, ya que cinco pesetas por una casa, aunque estuviera en pésimas condiciones, y un monte, era un regalo. El conde era soltero y sin visos de casamiento, y si él faltaba, todo sería para su hermano bastardo, del mismo palo que el padre: Putañero y despilfarrador. Mateo prefería que al menos aquello, fuera de su amigo.


La muerte de Joaquín, se llevó la ilusión de Mateo por encontrar aquella veta que les hiciera ricos, también la de las familias que de ello vivían. En realidad, el dinero, aunque era esencial, no era lo que buscaban. Buscaban el gozo que les procuraba el hallazgo, esa incertidumbre, llena de esperanza que proporciona un éxito incomparable. Aunque el conde trabajó por unos meses con el más capaz de aquellos mineros, tuvieron que abandonar. Nada encontraron.
Pero un nuevo reto se presentaba ante él. Convenció a mis padres para invertir en el negocio de la quesería. Movió cielo y tierra para conseguir varias cosas: El agua que se necesitaba, la ampliación y adecuación del pajar abandonado, la acometida de corriente eléctrica, el ensanchamiento y asfaltado del camino del camino, la maquinaria... y el dinero para todo aquello.
Mateo vendió las parcelas, convenció al alcalde de que les hiciese un depósito que recogiera el agua del manantial de la fuentiquina. "Nosotros tenemos agua en abundancia, le dijo. Tú nos haces dos depósitos uno para nosotros, otro para el pueblo, y dejamos el excedente para el regato. Preparas el camino para que suban los analistas, el agua es purísima y el caudal abundante, ni en verano merma y siempre te saldrá más barato que depurar la del río. Además vamos a dar empleo por lo menos a media docena de trabajadores".



A la central eléctrica fue fácil convencerla para que subiera el alumbrado. Aceptó gustosa a la vista del negocio, total eran media docena de postes y cuatro cables amortizables en menos de un año.
Negoció los precios de la leche con varios proveedores del pueblo, ya que las cabras y algunas ovejas que teníamos no eran suficientes para tal empresa, pidió dinero a fondo perdido a la Cámara Agraria... En fin, no dejó un resorte sin tocar. El ser hijo del Conde de La Felechosa le abrió muchas puertas.
En menos de un año, la Cooperativa Quesera el Montiquín, estaba funcionando, hasta la mula era feliz por volver a trabajar. Mi padre construyó unas rejas para colocarlas en las cuevas que había en lado este del Cagayón donde maduraban los quesos, y Ramona era la encargada de subirlos.
Una vez todo en marcha, nuestro amigo el conde se dedicó a promocionar el producto con el que a Dios gracias, nos ha ido bien.


Dos de mis hermanas y yo misma, trabajamos en casa, la otra, Sofía, siempre mística ella, acabó profesando y anda de convento en convento allá donde la mandan. Mis hermanos lo hacen en la fundición que montaron. Además de fundir las obras que mi padre crea, hacen ruedas para vagonetas, hélices de barco y cuantos encargos, por complicados que sean, les hacen. Una de sus mejores obras, fue el modelado y fundido en bronce, de un diseño de Juaco para la entrada del Pabellón del Ganado, donde se hacían las ferias y que años más tarde, se abriría a otros eventos para dotarlo de mayor continuidad y aprovechamiento. En la entrada, un aldeano con su vara y sus madreñas guiando dos vacas y un ternero a tamaño natural, recibe a los visitantes. 




Otra de las esculturas que hizo mi padre para la ciudad, se llevó a cabo con la aportación de casi todos los habitantes. Fue con motivo de la jubilación del alcalde, que ejerció durante los años de la dictadura, y luego ya en democracia. Gozaba de gran predicamento por las cosas que hizo en favor del pueblo, mutilado de guerra del bando Nacional, le faltaban ambas manos, pero no los arrestos necesarios para conseguir lo que se proponía; comedor social en tiempos complicados, nuevas escuelas, ambulatorio, caminos para comunicar las aldeas...
La fábrica de aceros proporcionó el material, no le costó demasiado, provenía de la chatarra que tenía apilada para fundir. Un contratista se encargó de la obra civil, mi padre del diseño, y mis hermanos de la ejecución. Un estanque de unos doce metros de diámetro, contenía la obra. Dos parejas hombre y mujer frente a frente, dotados de movimiento en brazos y caderas, maniobraban una cigüeña, rabil o manubrio conectado a una serie de piñones y coronas dentadas de grandes dimensiones y pintados de varios colores. Los piñones movían a su vez un émbolo que subía y bajaba impulsando el agua hacía un grueso tubo, por donde dejaba fluir un chorro de agua. En realidad todo el conjunto era movido por un motor oculto, y una bomba en circuito cerrado, pero la sensación era que ciertamente aquellas personas lo movían. El significado era sencillo; El pueblo unido, es capaz de mover los engranajes de su ciudad, para que fluya la vida.



No sé si volveré de nuevo, o si será esta mi despedida, diario querido. Al fin y a la postre, ya te lo he contado casi todo. Disculpa si crees que fue demasiada cháchara insustancial, pero ten en cuenta, que fue desde el corazón aunque no haya sabido expresarme. La cuentacuentos era mi madre.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Diario tardío y disparatado. (4)

5 de febrero de 1995.

Querido diario, quiero contarte hoy algo que no me gusta, pero que es preciso. No me gusta, porque trata de la guerra y todas las guerras son crueles. Aunque en nuestra zona apenas duró un año, las consecuencias fueron terribles. Muchos, jóvenes y mayores, tuvieron que ir a otros lugares a luchar. Los hay que no volvieron. Yo tan solo tenía un año y apenas sé lo que tiempo después se contaba. Pero esas consecuencias, hambre, pobreza, piojos, miseria, enfermedades, cárcel y exilio, duraron bastante más.


La Villa es una población no muy grande en territorio, donde casi la mitad de la gente vive repartida por las aldeas. Mi madre, que nació en una de ellas a diez kilómetros, tiene contado lo que pasó en la suya. Ella ya estaba casada por aquel entonces, pero los abuelos y mis tíos fueron protagonistas de un hecho que pudo costarles caro.
Pocas iglesias se salvaron de ser saqueadas e incendiadas. En esta deriva anticlerical, llegó al atardecer a la aldea del Fresno, un camión con una docena de hombres armados. Entraron en la rectoría y sacaron al párroco a culatazos. Era este un vejete pequeño y seco de carnes, al que no importaba el dolor, ni la misma muerte. Las únicas palabras que salían de su boca eran ¡No lo hagáis, no lo hagáis! No temía por su vida, temía porque esperaba el destrozo de una iglesia, que había sufrido sin consecuencias graves los vaivenes del tiempo, y de otras guerras. Es cierto que las tropas napoleónicas arramblaron con cuanto de valor había, que también durante las guerras carlistas, a pesar de su lema Dios, Patria, Rey, hubo sus más y sus menos. Pero ni unos ni otros se ensañaron con las imágenes. Sin embargo, los que ahora llegaron, se apropiaron de las joyas de la Virgen, el cáliz la patena de plata y algunos candeleros del mismo metal. Sacaron las imágenes a la plaza y las amontonaron en medio, también algunos cuadros, vestimentas y libros con la intención de hacer una buena hoguera.


- ¡Dejad solamente los archivos de la parroquia, no vaya a suceder como en otros lugares, que luego no se sabe quién es hijo de quién, y se pueden necesitar!

Cuando ya la tea estaba presta, los vecinos le echaron valor, salieron de sus casas en defensa del patrimonio, de sus santos y vírgenes venerados durante siglos, y rodearon a los milicianos amenazadoramente. El que mandaba el grupo no quería un baño de sangre, muchos de aquellos hombres y mujeres eran conocidos, del trabajo, del mercado, familiares algunos... Se acoquinó, mandó subir al camión a sus hombres y se fueron por donde habían venido con el rabo entre las piernas. Menos el oro y la plata, todo volvió a su sitio. Hubo que mandar a reparar algunos desconchones, manos y otras cosas, pero lo salvaron. Años después, al hacer una reparación en el tejado, alguien se apercibió de unos explosivos que estaban colocados en la espadaña con la intención de dinamitarla. Quizá pensaran llevarse las campanas y era la forma más rápida y menos trabajosa de bajarlas.

Del Fresno bajó mi tía Adela, a suplir a mi madre en casa del periodista don Arcadio. Tenía la misma edad que cuando ella empezó, pero estaba más preparada, pues durante el año de noviazgo de Cristina, Adela, por indicación suya, se fue a una academia que acababan de abrir en La Villa. Aprendió a escribir a máquina y también taquigrafía con la pretensión de que tras unos años con Arcadio, este la recomendara para un puesto administrativo en el diario de la capital. Más, las cosas suceden como suceden, y muchas veces diferentemente de cómo se planean.
Don Arcadio era un hombre que no representaba la edad que en realidad tenía. Pequeño de estatura, de pelo rubio y ondulado, un mostacho de grandes dimensiones y unos quevedos de redondos cristales que solamente utilizaba para leer. Casado y sin hijos, vivía en una casa de su propiedad con un pequeño jardín a la entrada. Tenía cincuenta y un años, tres menos que su mujer, parapléjica en silla de ruedas, y con severos problemas de vejiga que acabarían por llevarla a la tumba cuatro años después del ingreso de Adela en la casa.



Adela se adaptó bien a aquel su primer trabajo, alguna vez salía con Arcadio a hacer una entrevista, tomaba las notas, nombres y fechas sobre todo, y un escueto resumen de los puntos que se tocaban. A pesar de que le gustaba mucho aquello, la señora cada vez necesitaba más ayuda, por lo que su marido se vio en la necesidad de pagar una enfermera para que acudiera al menos dos veces diarias para mantenerla confortable.
Gracias a que Adela no cobraba, solamente la alimentación, parcos vestidos y algún dinerillo para gastos, podía mantener la casa. Con esfuerzo se compró una cámara fotográfica, lo que aumentaba sus ingresos de reportero. Como la necesidad apretaba, se presentaba a todo concurso poético, odiaba la poesía, por escasamente dotado económicamente que estuviera.  Alguno tenía ganado. Mientras, iba poco a poco preparando su libro.


Cuando murió Maruja, mi tía abandonó la casa. Mi abuela se opuso a que viviera sola con Arcadio por aquello del qué dirán. A partir de aquella fecha, tenía que bajar andando todos los días de la aldea. Tres meses después, Arcadio le propuso matrimonio, y a pesar de la diferencia de edad, treintaicinco años, se casaron.
Arcadio Publicó su libro, que tuvo una gran acogida en los contornos, y que en la primera página mostraba su agradecimiento a las colaboradoras Cristina y Adela Posada Mier. Luego vinieron algunos más de parecida temática, que las gentes leían a la luz del candil de esquisto o de sapu, por ver lo que sus paisanos decían en aquellas entrevistas.

Por hoy, querido diario, nada más.